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Vení, charlemos… Valió la pena vivirlo revisita ayer y anteayer, se para sobre hoy, aventura el mañanaVíctor J. Flury marlowe@racsa.co.cr Escritor En Valió la pena vivirlo, cuenta Leopoldo Barrionuevo que él nació un 29 de enero de 1932, el mismo día que Roquentin (personaje de La náusea, de Sastre) inicia su Diario. ¿Casualidad? ¿Quién podría decirlo? Leopoldo fue, años ha, existencialista (quizás lo siga siendo) y muchas adhesiones tempraneras, cuando uno las ve a distancia, adquieren un lustre inesperado. El libro, 388 páginas, revisita ayer y anteayer, se para sobre hoy, aventura el mañana y el pasado mañana, de aquí para allá en el tiempo (despega con su árbol familiar) y el espacio (Argentina y Costa Rica y también Centro- y Sudamérica), reflexiona, da consejos, evoca al padre: “…la mayor aspiración de este final bandera verde que es mi vida, es que mis hijos me extrañen como yo a mi viejo”, nos confía en un párrafo dedicado precisamente a la amistad, dado que con los amigos “aprendemos a pensar en voz alta”. Y además, ¡claro!, ¿cómo no recordar el barrio? Leopoldo pone tanta verdad en su dibujo del barrio de Flores, tanta, que el cuadro se torna irreal; y él mismo lo admite, duda de lo veraz de aquel sueño de casitas sencillas, hogares felices, cines de leyenda, cafetines “prohibidos”… y duda de las cosas que se fueron. Que así funcionan estas Memorias: se nos presenta un incidente, una postalita y cuando uno espera que el concierto de cámara prosiga, irrumpen el piano, el bandoneón, la guitarra, el contrabajo y se arma la sinfonía.
El todo y las partes. Escribir la propia vida. Sí, ¿de qué manera? Valió la pena vivirlo escoge la pluralidad como norma, antes que buscar una clave, lo cual es un reflejo de la personalidad del escritor, hombre de abundancias que ronda el todo y no las partes; o mejor, que ronda el todo en las partes. El montón de horas de vuelo de nuestro memorialista, repartidas entre la actividad docente, la asesoría de empresas, el mercadeo, el periodismo y el doctorado en tanguería (se graduó en los 70 con Cien años de tango, una verdadera suma del “pensamiento triste”) palpita en cada hoja del texto, a dúo con su errancia laboral y los conflictos de su inteligencia, sometida la pobre al tironeo de los diferentes países y a la traducción del viejo ubi sunt latino: “¿dónde están la barra, la casa del balcón que ya no está, la pasión por Rita Hayworth, Billiken, el amor por Ingrid Bergman?” Y ¿dónde “…la Soda Palace, los carretilleros de cigarrillos, el estadio sin tablones del Club Rohrmoser”? La misma pregunta se hacía François Villon en el medioevo y ya usted sabe, querido lector, los ausentes juegan siempre el juego de la ausencia. Ergo, no contestan. Una invitación. Leopoldo registró 376 cardiotangos, tangos que citan expresamente al músculo de la izquierda, ese chismoso de las emociones: el corazón suplica, engaña a su propietario, nos reprocha, tiene espinas, escucha y lo que a usted se le ocurra. Alberga “razones que la razón no entiende”, diría un filósofo, y a veces emerge de repente a través de un infarto o de las disonantes arritmias. Valió la pena vivirlo testimonia, con la mayor tranquilidad, los vaivenes del corazón de su dueño y sus varias manifestaciones de protesta: por algo el pecho de Barrionuevo ahora ostenta un bulto en el costado zurdo debajo de la camisa. Una señal de reconciliación pública del hombre y su latido, al punto de que me arriesgo a indicar que el tono del escrito imita el ritmo de un latido cardiaco. Por eso, me digo, Leopoldo escogió un yo recatado al narrar su peripecia, a la manera de alguien que estaba ahí justo cuando aquello le ocurría a él, entre los otros y en medio del mundo; por eso, Leopoldo conversa con el prójimo mientras las fotos y el relato de logros, sinsabores y luchas guían el tránsito de la historia: “la vida me fue enseñando que comunicar es académico, aristocrático y distante y que el conversar es intimista, amigable, coloquial y resulta sinónimo de conversa y palique, pero también de chamuyo, más ameno, familiar, sociable y confesional”. Uno se siente, de buenas a primeras, dentro de un tango, específicamente de uno que nos invita a ser lo que somos: vení, charlemos / sentate un poco / ¿no ves que soy tu semejante? Y no conozco a nadie que pueda desechar esta invitación.
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