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Enfoque Jorge Vargas Cullell jovargas@nacion.com A todos nos gusta la casa limpia y prolijita. A todos nos gusta que el camión recoja puntualmente la basura y se la lleve a otra parte. A todos nos gusta una ciudad limpia. A todos nos disgustan el vecino ese que tira cosas al predio vacío y aquel otro que arroja papeles al piso. A todos nos disgustan las calles sucias y hediondas; y, especialmente, a todos nos disgusta mover un dedo para evitar ser inundados por la basura. Hoy tenemos mayor capacidad de consumo y, por tanto, producimos más desechos. En promedio, cada persona genera más de un kilo diario, el doble que veinte años atrás; pero lo más grave es que tiramos al tarro de la basura todo mezclado: los restos de comida, los plásticos, los aluminios, los papeles... Con solo separar los plásticos en una bolsita aparte, el aluminio en otra y los papeles por allá, reduciríamos en cerca de un 50% los desechos que generamos; pero ¡qué pereza!: ya habrá otros que metan la mano en la cochinada. El buen ciudadano se limita a poner su bolsita de basura en la calle y a demandar que se lleven su problema ambiental a otra parte. Paga, eso sí, una miseria por el servicio. El problema es que un millón de hogares hacen lo mismo, el buen procesamiento de los desechos cuesta plata, y vivimos en el tercer país más chiquito de la América continental. Los “rellenos sanitarios” nunca quedarán muy lejos de nuestra casa, aunque nos indignemos si la autoridad sugiere que se instale uno en el vecindario. Al final, el botadero se lo endosan a un barrio de pobres porque este es la única infraestructura donde ellos tienen privilegio sobre los demás. Un acto sencillo –la separación de desechos en los hogares– aliviaría enormemente el creciente y gravísimo problema de basura, que aqueja al país. Desde el punto de vista ambiental, contaminaríamos mucho menos y requeriríamos menos terrenos para depósito de desechos. Desde el punto de vista económico, el reciclaje de plásticos, aluminios, cartón y papel es fuente de empleo e insumo para la industria. Para que la separación deje de ser hecho aislado, se necesita más que una prédica moralizante. En las escuelas es necesario impartir conocimientos sobre el manejo de desechos; en las comunidades precisaríamos habilitar centros de recicla-je; y en el municipio requerimos instaurar el servicio de recolección de reciclables y las tarifas diferenciadas (quien no recicla paga cinco veces más). Sin embargo, con el servicio de basura pasa como con el retrete: todo el mundo necesita uno, pero es de mal gusto mencionarlo. ¡Idiay, Varguitas, qué asqueroso! ¿Por qué no habla de cosas importantes?
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