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Delirio y holocausto

La única fuerza permisible es la coacción sin coacción que ejerce el mejor argumento

Fernando Araya
consulfe@hotmail.com

La única fuerza permisible es la peculiar coacción sin coacción que ejerce el mejor argumento.

I. Delírium trémens. Unas pocas personas sugieren que la eventual aprobación legislativa del Tratado de Libre Comercio entre República Dominicana, Centroamérica y Estados Unidos, justifica la rebelión ciudadana. No otra cosa se interpreta al leer declaraciones según las cuales la Asamblea Legislativa de Costa Rica es un poder “…prostituido…” sin autoridad moral para ratificar o no el TLC, asunto que, según esta lógica, debe ser decidido en las calles a través de diversas formas de lucha, algunas violentas y otras no tanto, que derriben la dictadura plutocrática y transnacional que nos gobierna. En esta gesta heroica cualquier sacrificio (holocausto) es válido, el “derramamiento de sangre” se convierte, en tal tesitura, en una cercana y deseable posibilidad.

¿Quién debe ejecutar la sentencia? Le corresponde hacerlo a la ciudadanía, organizada o no en movimientos sociales, instrumento de quienes en su aislamiento añoran tomar el cielo por asalto; es en la vía extraparlamentaria, “en las calles”, donde debe encabezarse la batalla final y violenta contra de la estrategia de desarrollo “…impuesta…” en el país desde hace casi treinta años y cuya culminación es, según este planteamiento, el TLC. ¿Puede encontrarse, en el mosaico de los esquemas mentales, uno tan destructivo, apocalíptico e insurreccional como el anterior? Imposible, al menos en Costa Rica no hay otro como este. Quizás en otras latitudes. El conservatismo neonazi y neofascista se le puede comparar o, también, el fundamentalismo unilateral de la política estadounidense en Iraq. No sorprende la similitud mental de corrientes históricas en apariencia contrarias; desde Aristóteles y aun antes, es sabido que los extremos se tocan.

¿Creerán, acaso, que la destrucción social es la matriz de donde surge la equidad? En sus reuniones de élite ¿hablarán del país como si se encontrara al borde de una situación revolucionaria, próximo al surgimiento de un nuevo tipo de poder capaz de hacernos felices, exceptuando, claro, a los explotadores? ¿Qué clase de racionalidad es esta? ¿Es racional o nos enfrentamos a un irracionalismo emocional y voluntarista, tan común en los movimientos autodenominados redentores? El amor a la patria que pregonan ¿no es, en el fondo, una experiencia sadomasoquista que simultáneamente dice amar y, sin embargo, en lo más recóndito del alma, desea el sufrimiento de sus hijos e hijas? ¿Cómo ha sido posible cultivar una alucinación que privilegia la violencia, el delirio insurreccional y los llamados a morir en el altar de la lucha contra el TLC?

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II. Desajuste histórico, psicológico y social. Lo que las preguntas anteriores implican no tiene respuestas simples, pero deseo compartir la siguiente conjetura: En las últimas tres décadas las coordenadas de la historia, nacional y universal, experimentaron cambios importantes a partir de los cuales se originó una nueva sensibilidad cultural, emergieron nuevos cubículos mentales y se modificaron, bajo el impacto de la revolución científica y tecnológica, las formas y contenidos de la vida cotidiana.

Se consolidó lo que Reinhard Friedmann denomina la sociedad “…multiopcional…”. Este fenómeno, análogo, por ejemplo, a lo que representó el Renacimiento europeo en la transición de la Edad Media al mundo moderno, no ha sido interiorizado por quienes sustentan el esquema mental referido con anterioridad; las sensibilidades e ideas colectivas cambiaron, los parámetros de interpretación y percepción social se transformaron, emergió una inusitada presión sobre las estructuras de gestión pública y privada a fin de hacerlas más racionales y equilibradas; sin embargo, unos pocos no se percataron de eso y permanecen, como si fuesen fantasmas, deambulando en mundos fenecidos. Es este desajuste histórico, psicológico y social, el origen de las inercias institucionales y de los comportamientos incendiarios, infantiles, apocalípticos.

Me pregunto: ¿cómo interpretarán, desde su ficción ideológica, la victoria demócrata en las elecciones legislativas de los Estados Unidos, el triunfo electoral de Ortega en Nicaragua, el ascenso de la economía de mercado en China bajo la tutela del Partido Comunista, la evolución del modelo de desarrollo japonés, el nuevo poderío asiático, el policentrismo de la economía mundial o los esfuerzos de pensadores sociales, economistas y humanistas contemporáneos tendientes a formular y desarrollar un nuevo paradigma de desarrollo? De seguro intentarán reducir estos complejos procesos a lemas y consignas, remedos de pensamientos, pero en realidad, balbuceos infantiles. Triste espectáculo: el subdesarrollo también tiene orígenes mentales.

III. Otra crítica es posible. Es claro que lo sucedido en las últimas décadas y las realidades a que ha dado lugar, contienen mucho de esquizofrénico, excluyente y terrorífico, pero edificar una crítica bien fundamentada, multifacética e interdisciplinaria de la sociedad contemporánea, que implique consecuencias prácticas constructivas y no meras elucubraciones y amenazas de sobremesa, no es algo que pueda lograrse a partir de anhelos redentores acompañados de ideologías destructivas. La condición previa a cualquier crítica racional consiste en superar ese irracionalismo emocionalista y voluntarista. Desde esta perspectiva la única fuerza permisible es la peculiar coacción sin coacción que ejerce el mejor argumento. El cambio es una constante de la historia que, a pesar de sus insuficiencias, genera nuevas oportunidades; por eso, si bien la injusticia abunda, sobreabunda la esperanza. Lo cómico y trágico no es plantear alternativas racionales de evolución económica y social, cuestionar estilos de desarrollo o intentar reorientar procesos históricos específicos, sino pretender que una mentalidad delirante y apocalíptica, no obstante su irracionalidad, adquiera el nivel de la racionalidad científica y humanista.

IV. La visión de un poeta. Un costarricense expresó, con extrema claridad, el dilema histórico que enfrentamos:

“Hace mucho tiempo –escribió– que usamos el mismo vestido, en la casa, en la Iglesia y en el gobierno; nos hemos habituado tanto a usarlo que ahora nos da miedo y no nos atrevemos a cambiarlo, como si con el cambio nos quedáramos muertos. Lo importante es tirar este vestido, encontrar uno nuevo y no dejar jamás que se nos hunda en la piel y en los huesos, porque entonces, amigos, deja de ser vestido y se nos hace amo y carcelero” (J. Debravo).

La capacidad de cambiar con sentido de futuro es fundamental; quienes la pierden viven, por anticipado, en los cementerios, mientras la vida, como en la novela de Milán Kundera, evoluciona en otras partes.

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