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¡Ay mis fariseos! Fernando Durán Ayanegui La familia entera corre, desesperada, hacia el fondo del patio, donde el menor de los hermanitos acaba de caer desde lo alto de la tapia en la que se había encaramado para admirar, en el lejano horizonte, la puesta del sol. Los pesimistas lo dan por muerto, los optimistas se preguntan cuán lejos se encuentra el hospital y todos gritan que llamen a un médico. Pero al llegar al sitio donde se encuentra el niño despatarrado, el tío parlanchín que solo dice tonteras exclama: “¡Qué horror, una caída de tres metros!”. Entonces, acostumbrada a contradecirlo todo, la hermana mayor del aparente muertito corrige: “Tío, no sea exagerado, la tapia tiene solo dos ochenta de altura”. Y con este primer intercambio de opiniones se inicia un debate multipartidista alrededor del número de hileras de bloques que debieron haber colocado los albañiles; nadie se ocupa de examinar al mocoso que no recupera el sentido, nadie llama al médico, todos olvidan el hospital y, por lo demás, no hay quien recuerde cuántos centímetros de ancho tiene un bloque convencional de cemento. En suma, es probable que esa misma tarde el enano termine de satisfacer su curiosidad estética en el cielo. Fea anécdota, lo admito, pero no es mala caricatura de las reacciones, bastante farisaicas por cierto, que ha provocado entre tíos necios y sobrinas pesadas la información que, sobre la alta deserción estudiantil, aparece en el Estado de la nación recientemente publicado. Uno por ciento más o uno por ciento menos, eso se sabe desde hace años: allá por 1996 ya se daba por un hecho que, en nuestro país, alrededor del 43% de los jóvenes y las jóvenes en edad de cursar la enseñanza media se encontraban fuera de las aulas. Lo farisaico de los lamentos de ahora radica en que todos y todas fingen ignorar que, dado lo dispar y, por lo tanto, injusto de nuestro sistema educativo, la deserción resulta irrelevante. La casi totalidad de la juventud desertora tendría que continuar recibiendo unas lecciones que apenas serían buenas en Bangladesh. Con ellas, salir graduado de undécimo año da lo mismo que irse a la calle antes de terminar el octavo, el noveno o el décimo. Mientras en Costa Rica exista un formidable abismo entre la enseñanza media de primera clase y la masiva enseñanza media de segunda y de tercera, el tema de la deserción mantendrá su radical irrelevancia. En esas condiciones ¿qué importancia tiene el nivel desde el que se desploma el chiquito? Igual continuará boqueando al pie de la tapia educativa mientras la familia política costarricense discute sobre el tamaño de los ladrillos.
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