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TLC y los ticos…

La “interpretación fiel” es un acto soberano difícil de denunciar hasta para Estados Unidos

Johnny Meoño Segura
jmeonos@ice.co.cr
Economista

Lo que está grandemente en juego con el TLC es lo mismo que con nuestro devenir de toda una vida: los ticos, sin “ayuda” externa, hemos venido arruinando el país solidario y de bienestar consignado en la Constitución al darle indolentemente la espalda al régimen de derecho que todos juran respetar… de la boca para fuera.

Sabemos que las negociaciones mismas en el gobierno anterior nunca activaron los mecanismos sectoriales y regionales disponibles para la consulta y concertación interna pública y con empresarios y sociedad civil en general. El resultado fue la prevalencia de una óptica sesgada de muy buenos expertos en comercio internacional, que informaban al Gabinete de lo que estaba pasando, pero sin profundizar sistemáticamente con quienes mejor conocen –actores públicos y civiles– los problemas agrícolas, turísticos, educativos, ambientales, de salud, y así en todo otro campo; menos, se dieron consultas de los mismos problemas en el ámbito de cada región. Mucho menos se reconoció explícitamente el modelo-país consignado en la Constitución (derechos del habitante, patrimonios nacionales y competencias tutelares del Estado), dentro del cual hay que ubicar y moldear cualquier tratado. He aquí la importancia de contar con esquemas participativos en sectores y regiones que garanticen un ejercicio más contrapesado del poder. La Contraloría, según escribí aquí (28/10), por dicha empezó a entenderlos y ya pide cuentas al Gobierno sobre tales pifias o incumplimientos; la Defensoría de los Habitantes no se percata aún de ello.

Gran omisión. En este frenesí con el TLC, el macrofactor “excelente gobierno” sigue siendo objeto de una gran omisión de todos, como si la conducción política de tales procesos fuera un asunto aleatorio, y es más bien el factor cuyo mal manejo histórico explica el fracaso del país en dar ese enorme y viable salto al mundo desarrollado.

Los peores enemigos de Costa Rica, con o sin TLC, somos nosotros mismos. La “agenda de desarrollo” que ahora tantos piden a gritos, surge en la versión gubernativa (anterior y actual) como un conjunto de proyectos sin ton ni son, sin articulación conceptual ni funcional entre ellos. En los clamores actuales, ese factor de “excelente gobierno” ni se menciona (“quitar o dejar” monopolios estatales, parece ser el gran argumento de unos y otros, como si eso fuera suficiente para poner a funcionar el país).

Lo inaceptable es clamar por la rebelión popular, como bien criticó recientemente aquí mismo Roberto Gallardo. La verdad es que esos mismos líderes y grupos vociferantes y apocalípticos también le han dado la espalda a ese modelo de “gobierno de excelencia” que nos legó el Constituyente y son así corresponsables de lo errático del país en estos aspectos, inclusive en lo que fue el proceso mismo de negociación del TLC. Tampoco quienes apoyan el TLC lo reconocen ni lo exigen.

Sensata estrategia. El Partido Liberación Nacional ha asumido –tardíamente, pero qué bien que alguien lo hizo al fin– una sensata estrategia que permite sustituir el concepto de “renegociación” del Tratado –inaceptable para los demás socios– por uno de “interpretación fiel” del texto, acto soberano difícil de denunciar ni por Estados Unidos. No había por qué temer, bajo este portentoso supuesto constitucional si todos lo tuvieran claro, arremetidas en contra de la soberanía nacional producto de ningún tratado, y la Sala IV está allí para asegurarlo.

El problema básico nos parece que es de lectura e interpretación. Tanto así, que las mociones mismas del PLN son omisas en el sentido apuntado del “excelente gobierno”, cosa que no puede seguir haciéndosele al país; o sea, continuar por la vida asumiendo como tantos lo hacen, que la conducción de los procesos públicos y sociales parte de un vacío normativo o competencial (el gobernante puede gobernar impunemente como le venga en gana), o que es un “asunto” de trasladar empresarios o administradores privados exitosos al contexto público, o aplicar mero “sentido común” –el menos común de los sentidos en Costa Rica–. Por esta vía de improvisaciones a ultranza se seguirá navegando, con o sin monopolios estatales, y aun con TLC, muy lejos del puerto añorado; peor, sin TLC...

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