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Estado de gracia Woody Allen cree que la realidad es una comedia en el peor de los sentidos porque no hay justiciaVíctor J. Flury Escritor De un tiempo a esta parte, vengo jorobando a mis lectores con aquello de que uno va al cine a ver a Woody Allen, y no la última obra que él hizo. Ahora que se proyecta Match Point en Costa Rica, su más reciente trabajo, la cuestión vuelve a rebotar de nuestro lado y se convierte en un asunto mayor, como esa bola de tenis que castiga el fleje de la red y queda flotando, indecisa. La palabra clave aquí es “indecisa” y –¡qué casualidad!– resulta que alguien señaló, no sé dónde, que existen dos situaciones posibles en cualquier relato, y que la primera describe la indecisión de un personaje entre esto y lo otro. Semejante titubeo es, precisamente, el germen de Match Point y cobra fuerza después de la mitad de la historia, cuando el irresoluto tenista se decide al fin (he aquí la segunda situación), y entonces el planteo cambia y emerge la nueva disyuntiva: ¿ganará o perderá el susodicho? ¿Ganará o perderá Chris, el joven trepador de la pirámide social que debe elegir si continúa su maratón al podio, debido a un gran paso estratégico (la boda con Chloe, mujer rica e influyente), o manda todo a paseo por la rubia fatal, Nola, emblema del amor auténtico? Secreto de dos. El conflicto del tenista que quiere ser magnate invade la pantalla. Solo él vive y desvive su tortura, cautivo de un secreto indecible. Solo él… y nosotros, los espectadores. Así, Woody nos involucra en la acción, de la mano del protagonista, y nos arrastra a transitar a dúo el viacrucis de una tensión inacabable. La eficacia de Match Point, sin duda, reside en la cuidadosa construcción de un secreto a dos voces que incluye al inquilino de la butaca y que, además, establece un virtuoso contrapunto forma-contenido a la hora de narrar. Lo sombrío del tema entra en conjunción con el ritmo impecable, los cortes exactos, la elipsis oportuna, el diálogo que, en lugar de pedir atención a la letra, desvía el interés hacia el brote obsesivo de la trama y, por ello, adquiere un valor agregado (y no hablo siquiera de los 30 minutos iniciales, un ejemplo de síntesis y agilidad que remite a los mejores momentos del cine; tampoco hablo de la música de ópera que engancha las secuencias ni de los muertos que surgen de la noche, un guiño a los fantasmas londinenses). Parece que el nuboso cielo de Londres fotografía mejor que el neoyorquino, dado que satura los colores; y Woody saca partido de dicha ventaja y también de los buenos actores británicos que compo-nen el reparto. Se trata por cierto de su película inglesa número uno y, a juzgar por ella, el septuagenario director goza de óptima forma. Nada sobra de acá, nada falta de allá. O quizás sí: sobra inspiración, epifanía, por lo que el estado de gracia de Woody se torna transparente desde la imagen bautismal. Una cierta mirada. Allen homenajea a Bergman, a Hitchcock, a Truffaut y hurga todavía en sus propias fuentes. En medio de una alquimia que no busca sino que encuentra, Chris y Nola se topan inesperadamente en la calle (escena que habíamos visto en Hannah y sus hermanas), y también revisita Crímenes y pecados, a cuya filosofía da un espaldarazo categórico y actual. Woody cree, íntimamente, que la realidad es una comedia en el peor de los sentidos y que, si algo no hay, es justicia. Ello no impide que la mire de frente; y tiene razón: cabe mirarla de frente, salir de ingenuas creencias que afirman que el crimen no paga y el malvado sufre las consecuencias de su culpa eterna. La protesta tiñe, pues, la visión del cineasta; y la visión busca el camino de una película que la exprese, a ratos con soberbia ironía, a ratos con una piedad indefinible que alcanza a víctimas y verdugos, revueltos en la caldera de una sociedad errada que idolatra sus errores. Nietzsche decía que tenemos el arte para no morir de la verdad. Woody Allen filosofa y admite que la verdad puede fugazmente generar algo semejante al arte. Habría que meterlo preso, nada más que por andar pensando estas cosas.
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