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Dialogar en democracia Ya antes resolvimos civilizadamente situaciones más complejasFernando F. Sánchez C. fsanchez@fernandosanchez.org Politólogo La historia, entre otras cosas, suele funcionar como un bálsamo de humildad. Al estudiarla, rápidamente encontramos que alguien en algún momento afrontó y resolvió problemas similares a los presentes. Esto es especialmente cierto en la función pública. Hoy nos encontramos, como tantas otras veces en nuestra historia, ante la toma de una decisión en la que no necesariamente existe consenso: apoyar o no el TLC con EE. UU. Esta decisión ha llevado a algunos grupos que se sienten perjudicados por el tratado, a asumir posiciones extremas, amenazantes y hasta violentas, para pedir que el acuerdo se deseche. Se habla de desconocer al Poder Legislativo, de polarización social y de revueltas callejeras; en fin, de poner en peligro nuestra institucionalidad democrática y nuestra paz social. Dialogar y decidir no es nuevo en Costa Rica. Un vistazo a nuestra historia demuestra que antes fuimos capaces de resolver, de forma civilizada, situaciones aun más complejas. Ochomogo fue testigo. En medio de la convulsión de 1948, una conversación franca y directa fue suficiente para terminar la Guerra Civil. Manuel Mora Valverde, Carlos Luis Fallas, José Figueres Ferrer y el padre Benjamín Núñez se respetaron y se entendieron. Después, varios protagonistas de ambos bandos de la Guerra Civil llegaron a afirmar que, si hubieran conversado antes, quizás se habría evitado la guerra, y con ella más de 2.000 muertes. Dirigentes maduros. A lo largo de la historia, Costa Rica ha demostrado tener dirigentes con suficiente madurez para entender la importancia del diálogo; que, sin duda, es la forma más efectiva de lograr las cosas en nuestro país. Por ello no sorprende que el 75% de los costarricenses considere que discutir y llegar a acuerdos son elementos esenciales del sistema democrático (Latinobarómetro 2004). El diálogo, la tolerancia y la habilidad para convencer componen el método costarricense para tomar decisiones. Debe decirse, sin embargo, que el diálogo en democracia es posible cuando se dan al menos tres elementos básicos. Primero, debe ser fluido, sin condicionamientos irracionales ni engañosas argucias. No vale exigir, como requisito para conversar, que alguna de las partes asuma compromisos que de antemano se saben inaceptables. Así, es ilógico que grupos opuestos al TLC pidan, a pesar de que está claro que es prioridad del Gobierno y compromiso de campaña, el retiro de ese proyecto de la vertiente legislativa para “sentarse a hablar”. Esto es solo un mal pretexto para justificar el que no haya diálogo. Quienes así proceden prolongan los conflictos y obstaculizan su solución sin aportar nada constructivo. Segundo, el diálogo debe desarrollarse en un ambiente de paz, de respeto al Estado de derecho, sin amenazas. En una democracia madura no se negocia “con el revólver bajo la mesa”. Así las cosas, no es propio de un demócrata convencido amenazar con “llegar hasta las últimas consecuencias” (cualquier cosa que esto signifique) si su contraparte no cumple sus deseos. El respeto a nuestro sistema político no admite negociar en condiciones que tan solo sirven para generar desconfianza e institucionalizar la coerción como herramienta política. Dialogar así es imposible. La mayoría. Tercero, el diálogo en democracia solo puede tener un objetivo: lograr un resultado que beneficie a la mayoría. Ningún “acuerdo” que pretenda proteger o fortalecer intereses particulares o complacer a grupos específicos cuenta con la legitimidad democrática que lo haría fructífero. La democracia no es perfecta; funciona a partir de soluciones posibles que, en el mejor de los casos, son subóptimas. Al tomarlas, eso sí, debe buscarse avanzar acatando la voluntad de la mayoría, sin irrespetar los derechos de la minoría. Sentarse a dialogar en democracia supone la madurez para comprender y respetar esta regla. Conversar con serenidad es una receta vieja y probada. El mismo presidente Arias ha dicho: “El diálogo produce milagros. Fue dialogando como silenciamos las armas en Centroamérica”. La sabiduría para discutir racionalmente y llegar a acuerdos es propia de los liderazgos democráticos probados. En una democracia madura como la costarricense, no se espera que la pluralidad de pareceres –algo normal y sano– devenga en violencia. En nuestra democracia debe ser posible “disentir desde el respeto”, como decía S. S. Juan Pablo II. El diálogo y los acuerdos han sido parte central de nuestra historia política, y no tiene derecho a llamarse ni demócrata ni patriota quien pretenda desecharlos.
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