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Nuevas tecnologías y educación

Debemos aprender a vernos como la civilización privilegiada que somos

Álvaro Cedeño Gómez
acedenog@racsa.co.cr
Economista

Tuve el honor de hacer, en representación de Sinaes, este comentario de cierre de una interesantísima videoconferencia impartida por el doctor Rosental C. Alves de la Universidad de Texas, sobre el tema del impacto de las nuevas tecnologías en la comunicación colectiva y en la educación superior. Dicha videoconferencia estuvo copatrocinada por la Embajada de los Estados Unidos, la Corte Suprema de Justicia, el Colegio de Periodistas y el Sistema Nacional de Acreditación de la Educación Superior (Sinaes).

Desde la perspectiva de las instituciones de enseñanza superior, las nuevas tecnologías constituyen un salto cualitativo. Su naturaleza es tan diferente a la de una poderosa herramienta que más bien deberíamos considerarlas como una dimensión adicional, la cual debe ser debidamente explorada. Hay que tomar la misión y los objetivos de las instituciones de enseñanza superior y repensarlos de nuevo a la luz de la nueva dimensión.

Posibilidad de lo imposible. Las nuevas tecnologías hacen posible lo que era imposible hace 20 años y el pronóstico de su impacto da lugar al optimismo, de manera que esas instituciones deben preguntarse con ánimo fresco cuáles cambios que hoy consideramos imposibles serían de alto impacto para la educación superior, porque esos cambios sin duda serán posibles. Es tiempo de soñar. En mil años de universidad, esta revolución solo tiene como referente lo que debe haber suscitado la innovación de Gutenberg en el siglo XV.

Las instituciones de enseñanza superior están siendo liberadas de las limitaciones de tiempo y espacio, mediante la virtualidad. Potenciadas mediante la accesibilidad y alcance de las redes, que generarán una sinergia académica nunca antes presenciada y de las que puede esperarse que reduzcan el impacto de la fuga de cerebros, permitiendo que los cerebros migrantes, estén allá y también aquí.

El acervo de conocimientos, que siempre fue preocupación de la enseñanza superior –reflejado en la acumulación de libros y de académicos– ha perdido significado relativo ante temas como la conectividad y el acceso a bancos de datos de contenido casi infinito.

Aprender a aprender. Va siendo imposible transmitir todo el conocimiento acumulado en una disciplina, por lo que la opción es robustecer la capacidad de buscar información. Aprender a aprender nunca ha sido más urgente. Ni nunca ha estado más cerca.

El profesor presencial deberá convertirse en un coach, un tutor, un guía, más que un conferencista o un depósito de conocimientos como en el pasado. Su mayor contribución será entusiasmar al estudiante, despertarle la inquietud de plantearse preguntas y el impulso de buscar respuestas.

Recorremos el camino de estudiantes, profesionales y habitantes comunes, conjugando las conocidas instancias de pensar, comunicar, formular planes, desarrollar acciones, evaluar resultados y aprender de ellos. Las nuevas tecnologías se han introducido en todas esas instancias como catalizadores que contribuyen a su modificación. Basta con ver cómo los chicos modifican el lenguaje cuando se envían mensajes de texto por sus teléfonos móviles o cómo los procesadores de palabras han modificado nuestra capacidad de comunicarnos por escrito o cuánto más presente está la imagen hoy en los mensajes que recibimos o cómo los conceptos se transmiten con velocidad semejante a la de las infecciones virales. Sin embargo, todavía nuestro pensamiento sigue amarrado al formato del libro –así como está escrito este artículo–. Si lo escribiera haciendo uso, por ejemplo, de un mapa conceptual, nos daríamos cuenta, ustedes y yo, de cuán liberados quedaríamos de esas amarras.

Las nuevas tecnologías harán posibles proyectos tan ambiciosos como el proyecto Ciencia para Todos en EE. UU., que pretende la alfabetización científica de todos sus habitantes para el 2061, cuando vuelva a pasar el cometa Hal-ley.

Poder y responsabilidad. Las nuevas tecnologías nos harán más poderosos; por tanto, deberíamos utilizarlas también para hacernos más responsables, para abordar con mayor sensibilidad el desafío de la reflexión ética que nos lleve a entender que no todo lo que es posible es lícito. Y para facilitar la transmisión de la buena teoría y las buenas prácticas de la convivencia global, de la lucha contra la marginación, contra la guerra, contra la ignorancia y la enfermedad.

Que la fecunda herramienta no nos lleve a enfocarnos solo en el hacer. Que nos potencie en la consideración del deber ser de las instituciones de enseñanza superior. Que se robustezcan como refugio de la persona frente a los poderes desproporcionados. Como refugio contra el dogma, contra el fanatismo y contra la unidimensionalidad. Que maduren como un espacio donde aprendamos a vernos como la civilización privilegiada que somos y, desde esa autoconciencia, concebir desafiantes utopías realizables.

NOTA: Aunque el autor es miembro del Consejo Nacional de Acreditación del Sinaes, los conceptos emitidos son estrictamente personales.

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