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En Guardia Jorge Guardia jguardia@nacion.com El último informe Estado de la nación le dio duro a don Abel. Fustigó su política fiscal por sacrificar a los sectores más pobres, en aras del equilibrio macroeconómico. Eso es gordo. Y don Abel, como si fuera sordo. No se defendió. Ni sus colaboradores. Voy a tener que defenderlo yo (y, desde luego, pasarle la factura). Primero, la acusación. El déficit financiero en el 2005 cerró en un 2,7% del PIB, uno de los más bajos en la historia. Esa cifra maravillosa (según la visión “macro”) o diabólica (según la desarrollista) se logró gracias a la contracción del gasto en infraestructura y giros a Fodesaf. La menor transferencia a sectores desvalidos se hizo sentir. Se estancó la pobreza y se deterioró la distribución del ingreso. ¿Cómo exonerarlo de responsabilidad ante una acusación tan bien fundada? ¿Cómo diablos me metí yo a samaritano si ni siquiera me dio “güeso” en su gobierno? (Ojo, don Abel, la factura va subiendo). Bueno, empecemos por recordar que insistió en la aprobación de la reforma fiscal, pero los diputados alargaron la discusión. El Presupuesto Nacional para el 2005 reflejaba la imposibilidad virtual de girar sin aumentar la deuda ni violentar el equilibrio. Los gastos superaban en mucho a los ingresos. La exposición de motivos lo expresó en esos términos: “Nadie está obligado a lo imposible”. El hecho (probado) es que, al negarle los impuestos, lo obligan a usar machete. El argumento “macro” es más complejo de esgrimir y comprender. Pero debe constar en actas por estar ahí el nudo gordiano de su defensa. Es falso argumentar que debió sacrificar el equilibrio “macro” en aras de lo social, para obtener mejores resultados. Si así fuera, la demanda agregada (gasto total) se habría disparado, habría crecido el desequilibrio (como porcentaje del PIB), habrían subido las tasas de interés con daño de los deudores, en especial los dueños de vivienda financiada. Habría mermado la producción al crujir del crédito, se habrían creado menos puestos de trabajo, la pobreza habría aumentado y la inflación habría sido mayor, y los habría afectado a ustedes. Además, subir las tasas de interés habría estimulado más entradas de capital (por el régimen cambiario), con mayor emisión e inflación. Y se sabe (hecho probado, a contrario sensu, en el 2006) que la mayor inflación afecta los precios de la canasta básica y el número de familias pobres. En el 2006, bajó la inflación y disminuyó la pobreza. Ahí tiene, don Abel, su defensa, redactada en una cuartilla. Pídale a sus cuates que la impriman en folios largos para presentarla al juez. Y, en cuanto a mí, muchas gracias …, supongo. Pero no se le olvide la facturilla. Son cien pesos.
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