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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Los festejos populares de San José o, más popularmente, las fiestas de Zapote y el relleno sanitario de Río Azul, en La Unión de Cartago, nos diagnostican o desnudan. Ahí están, como muestras, dos cara del Estado en toda su obesidad e incapacidad, traspasado por un sinfín de intereses, transportado hasta el sanctasanctórum de la Sala Constitucional para que los guardianes de la Constitución ordenen, en Río Azul –¡sarcástica metáfora!–, la basura y contengan, en Zapote, la “trampa mortal” de fines de diciembre, la cultura del guaro y el señorío de la suciedad y del mal gusto. Y la Sala Constitucional habló. En cuanto al relleno sanitario –mucho más relleno que sanitario– lo salvó la razonabilidad contra la pretensión malsana del hic et nunc, del aquí y del ahora, del cierre total, sin apelación ni sabio consejo, que, ajena a las consecuencias de los actos, convierte la voluntad en déspota. Algo así como la sentencia del expresidente Monge, en reciente seminario, ante un público despistado, al espetar: “El orden constitucional se ha roto” y “Nada se arregla, mientras no se arregle todo”, poesía para los perezosos y sueño, por cierto, de todos los totalitarismos que en el mundo han sido. Solo Dios, perfección suma, lo puede hacer todo. A nosotros los humanos, racionales y, mejor, razonables, imperfectos, pero perfectibles, nos corresponde la hermosa y humilde tarea del poco a poco, de la hormiguita, de la visión justa y oportuna, del pensamiento discursivo, de la reforma, con fuerza, con honradez y sin descanso, sin ensoñaciones mesiánicas. Ni a la tica, a poquitos, en chiquitico y a raticos, ni la varita mágica en manos de un tirano. En fin, para volver al prosaico tema de la basura, prolongar la vida del relleno, mientras se hacen las cosas en serio, en este amado país donde lanzamos basura a cantaradas y nadie quiere recogerla y, menos, explotarla. La saga de las fiestas en Zapote también se acabó y con ella la estratagema de hacer las cosas, estratégicamente, al final, con el agua al cuello, para que, de pronto, apareciera un mago bonachón, con salvavidas bancario, que, en un santiamén, levantaba un tablado y se montaban mil y un chinamos y cantinas para la macabra sinfonía de la cultura del guaro (¡cuidado, Palmares!), y, al final, un borrador de cuentas oscuras que dejaban más huérfanos a los huérfanos. En suma, el escenario del vacilón y de una tragedia. De la que nos hemos librado… Ciertamente, una Navidad solidaria, pacífica y familiar, es decir, humana, y fiel a su prístino sentido vale todos los festejos populares del mundo…
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