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Vida en la empresa: El Papa y el hambre Álvaro Cedeño acedenog@racsa.co.cr Economista
Dijo el Papa Benedicto XVI que el sistema económico mundial debe ser modificado radicalmente con el objetivo de reducir el hambre en el mundo; así lo publicó este diario el lunes anterior. El hambre es una falla terrible del sistema y el sistema capitalista opera en la mayor parte de los países del planeta. Este sistema se basa en que cada quien se acomode donde mejor le caliente el sol. Según este esquema, los trabajadores buscan el mejor trabajo; se produce aquello que deje más ganancia y se compra lo que nos brinda más satisfacción por el precio pagado. Esas reglas sencillas han contribuido a elevar el nivel de vida del mundo, también reducen la proporción de pobres y han hecho que los pobres en la actualidad sean menos pobres que quienes lo fueron en épocas pasadas. Claro que hubo otras formas de organización de lo económico como, por ejemplo las formas feudales: en ellas los agricultores trabajaban para el terrateniente quien les daba comida y casa, no obstante, tenían que pedirle su permiso hasta para casarse. Dicho sistema era poco eficiencia, poco productivo y abundante pobreza. También existieron otras formas de control central de la economía, como ocurrió en la antigua Unión Soviética donde el estado decidía qué producir y fijaba el precio para venderlo. Qué estudiar y en qué invertir. Con el agravante de que esos sistemas, como van contra el interés individual, siempre han requerido la restricción de la libertad de las personas. Un sistema como el capitalista, sería más llevadero para los pobres, si se dedicara buena parte de los impuestos a abatir la pobreza. Ya sea repartiendo pescado, o mejor, abriendo oportunidades de educación y brindando apoyo especial sobre todo a estudiantes con carencias económicas. Aquí la cuestión está en si se necesitan más impuestos o más eficiencia de parte del estado o, tal vez, ambas cosas. El problema no es nuevo ni sencillo y su respuesta podría no estar en el sistema económico sino en las actitudes de las personas. No sería un problema económico y caería de lleno en el campo de acción del Papa como líder espiritual.
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