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En busca de un alma perdida Los países que dejan la autopista del comercio internacional, tendrán otro día que volver a ellaVelia Govaere Vicarioli Desde su primera administración, don Óscar Arias había planteado una visión nacional: salir del subdesarrollo en el período de una generación, la nuestra. Esa perspectiva pareció demagógica para muchos intelectuales de la vieja escuela del aislamiento regional o que seguían encasillados en las teorías de la sustitución de importaciones. Hoy, la pregunta se plantea de nuevo. ¿Es posible salir del subdesarrollo en una generación? Esta vez la respuesta existe y no es teórica. La puede responder Irlanda, que hace apenas 30 años tenía un ingreso por habitante menor que el de Costa Rica y que es hoy el país de mayor competitividad y mayor productividad de Europa. También la podría responder Portugal o Grecia. Por eso, los que nos formamos profesionalmente precisamente en los años de la primera administración Arias, pensamos, más bien, que todo en la historia de Costa Rica se había escrito para que nuestra generación tuviera el coraje de asumir ese reto. Contábamos, para ello, con dos grandes factores a nuestro favor: nuestra propia historia de paz y democracia, y la coyuntura internacional, a partir de 1989, cuando los países dejaron de dividirse ideológicamente y pasaron a distinguirse entre países de donde los capitales huyen o países adonde los capitales llegan. Costa Rica ha buscado ser un país atractivo y ha ido tejiendo, desde hace más de un cuarto de siglo, un complejo tejido de políticas comerciales, el más complejo de toda América Latina porque navega en lo mejor de las aguas de dos mundos: el globalizado y el regional. Se ha unido a Centroamérica, en negociaciones con Estados Unidos y con la Unión Europea, y ha negociado tratados bilaterales con México, Chile y Canadá.
Política de Estado. Una administración tras otra mantuvo total congruencia en lo que era una política consolidada de Estado. Costa Rica parecía haber aprendido que los países que abandonan un día la autopista del comercio internacional tendrán que volver a ella otro día, con la desventaja irreparable de los años perdidos. Así lo confirma el desarrollo impetuoso de China, el país de mayor dinamismo en el combate contra la pobreza. Mao descansa imperturbable en su mausoleo mientras el coloso de Asia logra, cada año, sacar de la pobreza extrema a centenares de millones de seres humanos, demostrando que las estrategias comerciales internacionales son decisivas también para enfrentar las desigualdades sociales y para encontrar formas equitativas de distribución de la riqueza. Si Rusia logra ingresar a la OMC –y todo parece que así será – , su política comercial tendrá mucho mayor impacto en la emancipación de su “proletariado” que 50 años de vida comunista. Sin embargo, ninguna lección es definitiva hasta que no se asienta en el alma de un pueblo. Costa Rica, uno de los países de América Latina más beneficiados por su audaz y precoz política comercial, vio aparecer, como por encanto, sectores que todavía buscan paralizar el tratado comercial más decisivo de su historia. Tenemos que admitir que el optimismo de nuestra generación tenía bases reales y probadas, pero también estamos obligados a aceptar que el peso que le dimos a la política comercial fue excesivo. La política comercial en sí misma nunca es suficiente. En algún lugar quedó perdida el alma nacional. Visión estratégica. Si una visión estratégica no logra calar en las almas de los ciudadanos, cualquier lección histórica puede revertirse. Si el reto del desarrollo no alcanza dimensiones sociales, más allá de la mera administración pública, entonces el reto no es asumido como nación. Nicaragua está a punto de estrenar una administración cuya política comercial es todavía indescifrable. Eso crea, en toda la región, incertidumbre para los inversionistas. En estos tiempos de aguas agitadas Costa Rica debe contribuir a mejorar el entorno regional. Solo puede hacerlo si tiene firmeza colectiva en su visión de futuro. Los costarricenses necesitamos diálogo renovador que involucre activamente a cada sector de nuestra población. Hemos aprendido que se necesita establecer un sistema de participación donde cada sector social adquiera instrumentos para asumir la parte que le corresponde en el reto nacional, pero también es necesario facilitar la posibilidad de que cada sector perciba realmente, de forma práctica y directa, los beneficios de la política comercial. El reto del desarrollo es un reto colectivo. Si es verdad que 85 centavos de cada colón se relacionan con el comercio exterior, entonces también debe ser real que 85 de cada 100 costarricenses perciban sus beneficios. Ese es un verdadero reto para alcanzar el desarrollo en una generación.
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