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Ojo Crítico Rodolfo Cerdas Recientemente en Guatemala se celebró la XII Conferencia Anticorrupción, donde, además de discursos, se firmó el documento de rigor. Esto está bien, salvo si no se les ha colado el cinismo de algunos y si de las palabras se pasa a los actos. A Dante le faltó un círculo más en el Infierno destinado a los cínicos, porque el cinismo es hoy uno de los vicios más generalizados y dañinos. Basta repasar nuestra realidad para ver que don Óscar heredó no solo los males del anterior desgobierno, sino la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones. Todos los días salen más casos de corrupción. No solo se han forjado grandes fortunas a costa del erario, sino que le han robado el futuro a nuestra niñez y juventud. Piñatas de parcelas para negocio y diversión, mientras pululan, sin qué comer y sin ninguna atención, los campesinos sin tierra; cheques de reaseguros desviados hacia cuentas personales; fondos ocultos para uso discrecional de los que nadie da razón; pago obligado de mordidas para concesiones y permisos; donaciones a asociaciones inexistentes, que después resultan usadas para fines personales. Un mal tan profundo y extenso hace de la retórica un insulto. Ayuda infinitamente más un Constenla en el INS exigiendo cuentas, que mil discursos moralistas de políticos como Daniel Ortega. Los dirigentes y formadores de opinión –sin caer en moralinas– no deberían ceder en este momento decisivo. Hay que crear un nuevo Estado de conciencia social, donde resurja la justa y útil indignación ciudadana contra la corrupción y se recupere la capacidad de sentir pena y vergüenza, de no ser conchudos, que se le quedó en el camino a buena parte de la vieja clase política. Me pregunto: ¿Hasta dónde llegó la domesticación? ¿Somos ya un país de borregos, donde se aprisionó la decencia por una comparsa enmascarada de cínicos y “yonofui”, que pretende mantener el mismo rumbo y conservar el poder? El problema de este Gobierno no solo es el TLC, sino devolverle al país la confianza y la fe que se perdieron en los oscuros meandros del escondrijo de Alí Babá. A juzgar por ciertas reacciones contra la aspiración legítima a una magistratura del Fiscal General, se nos quiere vender un mundo del revés, donde las pavas le tiran a las escopetas. El problema político de la corrupción no se reduce a un par de casos sonados; el problema es que el mal ejemplo de los de arriba generó un clima de desmoralización, desvergüenza y cinismo, que enfermó todo el tejido social. La corrupción es un cáncer con metástasis. Para curarlo, aunque duela, se necesitan quimioterapia y cirugía profundas.
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