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¿Desperdicio?

Cualquier recurso invertido en la niñez o juventud no puede ser desperdicio

Mauricio Portillo Torres
portillozeledon@gmail.com
Educador y teólogo

Al leer el reportaje “Desertores desperdician 11% de presupuesto de educación” (Jairo Villegas, La Nación, 15/11/06), me preocupó mucho la opinión del ministro de Educación. Se dice que él considera un “desperdicio” el dinero invertido por el país en estudiantes que desertan o que quedan aplazados. Además, los autores del informe Estado de la nación piensan que los ¢51.000 millones desperdiciados se pudieron utilizar en mejorar la infraestructura educativa.

Tales afirmaciones no responden a una filosofía correcta del trabajo educativo. Cualquier recurso invertido en la niñez o juventud no puede ser calificado de desperdicio. Primero, porque esos recursos son para mantener a los niños y jóvenes en las escuelas, no en otro sitio; por tanto, están bien dirigidos. Segundo, la inversión en cada uno es para su desarrollo intelectual, emocional y físico, no para multiplicar ganancias. De ahí que la educación es algo unido a la gratuidad (universalidad) y no a fines de lucro. Tercero, los niños son el fin del sistema educativo. La eficacia y la eficiencia están unidas a la capacidad del ser humano de aprender y de perfeccionarse. Deseamos la perfección de ellos, algo que no es de un momento, sino de toda la vida.

Atención de necesidades. Buscar mejor calidad en la educación no debe partir del mejoramiento de la infraestructura, sino de atender las necesidades de los alumnos. Es decir, “con la capacidad de atender las necesidades del que aprende, y a partir de esa atención de la capacidad de examinar sus intereses; examinar sus problemas; analizar la información que le permite enfrentar dichos problemas, y buscar las soluciones más adecuadas. A partir de esa definición, es posible buscar modalidades operacionales para ir midiendo algunos aspectos, porque nunca es posible medir cuán buena es la calidad que se le ofrece a una persona” (Ernesto Shiefelbein).

Mi recomendación es que no hagamos sentir a nadie y, sobre todo a los que han dejado la educación formal, que fueron un “desperdicio”. Varios de ellos tendrán la posibilidad de regresar y, sobre todo, ninguno perderá su capacidad de aprender.

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