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EDITORIAL

(In)cultura ambiental

El reciente informe ‘Estado de la nación’ ha puesto al desnudo nuestro atraso sobre la aplicación y vivencia de las normas ambientales
El Gobierno y los municipios deben enfrentar este desafío con visión integral y determinación


Cada uno de los 12 informes Estado de la nación publicados hasta hoy contiene el mejor programa de gobierno para nuestro país. Lamentablemente, pese a su calidad indiscutible, en el orden teórico y práctico, los partidos políticos y los Gobiernos no han explotado aún en toda su dimensión este valioso aporte. Con todo, su repercusión en el país y su utilización han aumentado año con año. Se ha convertido en una especie de vademécum nacional.

Uno de los aspectos más importantes de estos informes ha sido el señalamiento de problemas concretos, integrados en una visión global del país. En este sentido, del último informe destacamos, en este comentario, nuestra información de ayer sobre el desaprovechamiento de los desechos reciclables. Entre un 40% y un 63% de las 4.500 toneladas diarias de basura de los hogares puede ser vendido como materia prima a distintas industrias. Sin embargo, ni siquiera se recupera un 10% de este material. Precisamente por “esta falta de visión integral y de largo plazo”, como dice el informe citado, los hogares y los municipios dejan de ganar. El ahorro de estos podría ascender a ¢15.000 millones anuales, por concepto de recolección, transporte y disposición de los desechos, si solo se reciclara la mitad de estos desechos.

El problema es vasto y complejo por representar, principalmente, una cuestión cultural, como exponemos de seguido. Se ha dicho que todo lo referente al ambiente y a los recursos naturales recibe el beneplácito general. La realidad, sin embargo, es otra por cuanto la suciedad y el irrespeto a las normas ambientales y a los recursos naturales nos acusan día a día. La simple propuesta de un relleno sanitario en un municipio, aun con todas las salvaguardias ambientales correspondientes, une a la gente en una especie de guerra santa. Y ni siquiera se lo visualiza como negocio. Los municipios han sido lentos y displicentes en esta materia y, si la inversión para un programa de reciclaje es alta, no se forjan las alianzas lógicas para llevarlo a cabo, pese a que, según los datos publicados, constituye una elevada fuente de ingresos. En cuanto a los habitantes, no tienen noticia ni conciencia sobre la importancia de este tema.

En suma, pareciera que, pese a que esta es una de las preocupaciones básicas del país, el tránsito de la teoría o del sentimiento a la práctica se ajusta al guion tradicional de lentitud o indiferencia. Sin embargo, el duodécimo informe ha presentado esta incoherencia nacional con tal precisión y claridad que el actual Gobierno y los municipios deben aceptar el desafío en toda su amplitud: cultural, económica, social y administrativa. Dada la precariedad municipal, el Gobierno debe llevar el liderazgo pues se trata de un asunto de eminente interés público. No se trata solo del negocio de la basura reciclable, sino de la cuestión capital de la calidad de vida, una de cuyas dimensiones más relevantes es el ambiente y el respeto a los recursos naturales.

El reto de la calidad ambiental y de los recursos naturales debe contemplarse también como una de las principales cartas credenciales del país ante el mundo. En nuestro caso, se relaciona, además, con el nicho más fuerte de atracción turística que el país ha impulsado. Debemos ponernos al día, ser coherentes y proceder de acuerdo con una visión integral en el campo de la infraestructura vial y portuaria, y en el de la presentación específica del país en el orden ambiental. Hoy no es dable separar este aspecto de la cultura y desarrollo humano de una nación.

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