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ENFOQUE Jorge Vargas Cullell jovargas@nacion.com Corre el año 2035. China anuncia que Estados Unidos le ha dado una concesión de 99 años en Hawái para establecer una base militar a cambio de un programa masivo de alivio económico. La noticia sacude a América Latina. Chile firma un tratado de integración económica con China. Brasil amplía el programa de cooperación interespacial con ese país. Argentina permite nuevas colonias chinas en la Patagonia y obtiene más programas de cooperación bilateral. Cogidos por sorpresa, los países centroamericanos apenas atinan a suspender su vieja petición a los Estados Unidos para que los acepte como estados de la unión. (La CCCLXXVIII Cumbre de Presidentes del istmo celebrada en el 2027 había aprobado ese acuerdo. Con el 40% de la población en Estados Unidos, se consideró que la situación estaba madura para esta demanda). Como gesto simbólico de independencia, se salen del vetusto Tratado de Libre Comercio que habían firmado a inicios del siglo XXI. De inmediato se desata una competencia feroz en Centroamérica. Sin población, territorio ni fuentes de energía, la ubicación geográfica es lo único que varios países tienen que ofrecer en la nueva era. Lograr que los chinos pongan una base militar en su territorio, la primera en el continente, atraerá inversiones. “Nos pone en el mapa”, dicen. Alguno ofrece medio país y reformar la Constitución para que un ciudadano chino pueda ser electo presidente. El anciano presidente de Costa Rica recuerda que, en sus años mozos, el país casi estalló con la discusión de si el TLC sí o no. Él mismo había quebrado vidrieras. “Tanto salto para llegar aquí”. Proyecta su holograma a Liberia y Nueva Cartago (antigua Ciudad Quesada) y pregunta a los científicos de los consorcios de biotecnología y plasma si ha llegado la oferta china de inversión conjunta. Sí, le dicen, pero piden una contraparte de 3.200 científicos y técnicos ticos; si no, hacen el negocio en otra parte. “Carajo, esto debimos haberlo previsto”. Llama al alicaído embajador de Estados Unidos y le informa de que Costa Rica está dispuesta a aceptar tres mil científicos estadounidenses. El gringo acepta: sabe que hay necesidad en su país, y algunos espías no caen mal. Inmediatamente después, el Presidente anuncia al mundo que Costa Rica quiere, además de la base militar, un programa de inversión científica. “¡Oh, tiquillos: siempre jodiendo!”, dicen los centroamericanos. En Beijing, el subdirector para América Latina pregunta a su subalterno de dónde salió el rumor de la base militar que tanto ha puesto a correr a los pequeños países centroamericanos.
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