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EDITORIAL

Los mensajes de Ortega

Su actitud conciliadora es bienvenida y debe ser valorada por EE. UU.
El gran compromiso pendiente es el impulso a un real Estado de derecho


Desde su elección como Presidente de Nicaragua, el domingo 5 de este mes, el excomandante Daniel Ortega se ha dedicado a propagar una serie de mensajes conciliadores, que han sido recibidos con beneplácito por varios sectores de la sociedad, en especial políticos y económicos. Es una buena señal, que llama a un moderado optimismo sobre el futuro del vecino país. Sin embargo, quedan interrogantes abiertas de suma importancia, especialmente cuál será su actitud ante la urgente necesidad de reforzar el Estado de derecho en el país.

Por el momento, hay varias señales positivas, no solo desde el campo triunfante, sino también desde otras instancias políticas, económicas y religiosas. Su principal adversario, Eduardo Montealegre, de la naciente Alianza Liberal Nicaragüense, se apresuró a reconocer la victoria y a aceptar la oferta de trabajar en conjunto para abordar los desafíos del país. El Consejo Superior de la Empresa Privada y la Asociación de Banqueros Privados de Nicaragua, luego de que Ortega asegurase su respeto a la institucionalidad democrática, el modelo macroeconómico vigente (incluido el tratado de libre comercio con Estados Unidos), las inversiones y la propiedad privada, le dieron su apoyo. Lo mismo hizo el polémico cardenal Miguel Obando y Bravo, cercano al expresidente Arnoldo Alemán, preso por corrupción. Además, el Presidente electo manifestó su intención de suscribir un “pacto de gobernabilidad” cuando asuma el poder, en enero próximo, que incluiría, entre otras cosas, los mismos compromisos, más un programa de estabilidad con el Fondo Monetario Internacional.

No parecen existir, por tanto, razones válidas para temer la implantación de un modelo populista, autoritario e irresponsable al estilo del de Hugo Chávez, sino un Gobierno bastante ortodoxo en materia macroeconómica, pero probablemente inclinado a una retórica de izquierda en sus posturas internacionales (para aplacar a los sectores más duros del FSLN y halagar los oídos de Chávez y Fidel Castro), y con planes sociales más enfáticos hacia lo interno. En este supuesto, sería conveniente que Estados Unidos revisara la actitud extremadamente confrontativa que mantuvo hacia Ortega durante las elecciones, y que, lejos de intentar aislarlo, propicie modalidades de acercamiento que contribuyan al mantenimiento de sus promesas de responsabilidad económica y respeto democrático. Esto sería de gran ayuda para Nicaragua y Centroamérica.

En medio de este panorama, una inquietud sigue vigente: en qué medida el próximo Presidente tomará acciones para reforzar el precario Estado de derecho en Nicaragua, la independencia de los poderes públicos (especialmente el Judicial) y el combate contra la corrupción, algo que sufrió enormes estragos durante los últimos años, precisamente por un inescrupuloso y oportunista pacto suscrito entre Ortega y Alemán. En este contexto, las inquietudes manifestadas por representantes de la prensa del vecino país, sobre la actitud de las próximas autoridades frente a su independencia, deben ser tomadas en cuenta. De poco valdría respetar la propiedad privada, mantener un buen control sobre la política económica y firmar pactos de gobernabilidad si, a la vez, no se trabaja contra la impunidad (de Alemán y sus secuaces, principalmente) y a favor de la vigencia de la ley y del buen desempeño de las instituciones públicas. Dada la actitud demostrada por Ortega en estos días, existen razones, al menos, para tener esperanzas de que pueda ocurrir así; pero habrá que esperar varios meses de su Gobierno antes de tener verdadera claridad sobre el rumbo.

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