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No me quito

No estoy aquí para ser campeón de popularidad, sino para decir lo que pienso

Jacques Sagot
sagot@rice.edu
Pianista

Esta no es una trascendental polémica. Tampoco es un encarnizado combate ideológico. A decir verdad, ni siquiera llega al nivel de una vulgar reyerta. Es más bien la maniobra de un señor que se resintió mucho desde que en cierta ocasión fustigué el periodismo chismorrero que le da de comer. Tiene ya un año de andar buscándome camorra, el pobre. Su arrumaco consistió esta vez en descontextualizar mis palabras para, según él, meterme en un embrollo. Como todo cobarde, propaga sus chismes anónimamente. El que no tiene nombre no tiene nada en la vida.

Una cosa es criticar un sistema de valores, una visión del mundo; otra muy diferente, descalificar a alguien personalmente. No fue mi intención hacer tal cosa con las tres costarricenses que han logrado notoriedad en la campo de la farándula allende nuestras fronteras. Si lo hice, les ofrezco aquí, una vez más, mis disculpas. Hondas. Sinceras. Reconozco su éxito: no hay duda de que han logrado con creces lo que en sus vidas se propusieron. Ese no es el punto. El punto no tiene nada que ver con ellas. El punto es que no comulgo con los valores que la farándula representa. El punto es que estoy en todo derecho de expresarlo. El punto es que, cuando uno reconoce una patología social, una estructura relacional asimétrica o aberrante entre seres humanos, lo único ético es señalarla.

A los periodistas. Yo, que no soy periodista, me permito recordar a los periodistas su misión social: comunicar, informar, formar, educar, tonificar el espíritu crítico de sus lectores, ofrecer un foro para la convergencia o la divergencia de las ideas. ¿Entretener? También, pero de una manera que no envilezca al ser humano. Para ser decente, el periodismo debe ser docente.

La farándula no es otra cosa que una transacción: paparazzo expone la vida íntima de una vedette, vedette se pretende indignada por tal invasión, invasión incrementa la popularidad de la vedette, popularidad de la vedette aumenta la venta de tabloides. Un círculo no diré ya vicioso: pactado, innoble, deshonesto. Una estafa diseñada para un tipo de lector que a estas alturas ha aprendido ya a disfrutar de las estafas.

Fue Montaigne quien por vez primera deslindó las nociones de espacio público y espacio privado. El chismorreo farandulero borra la línea demarcatoria entre ambas esferas, provoca una contaminación mutua entre lo público y lo privado. Toda vida íntima –aun la del exhibicionista profesional– es, esencialmente, un secreto sagrado, un templo, un sanctasanctórum. No se entra en él si su dueño no nos acoge, y tal es precisamente la definición del amor y la amistad.

Infame atontamiento. El farandulismo propone modelos de emulación degradantes para el ser humano. ¡Si tan solo fuese un asunto de frivolidad! Aun la frivolidad tiene su encanto. La vulgaridad, el morbo, el chisme no ofrecen, en cambio, ningún material nutricio para el intelecto. Entretener a la gente está bien, entontecerla es infame.

Los medios de comunicación deben ser un vehículo para la democratización de la cultura, no una enorme maquinaria abocada a la estupidización universal. La promoción de una imagen femenina reducida a emplastos cosméticos y nalgas de almanaque es uno de los más insidiosos resortes de este engranaje.

Aquí voy de nuevo: la mujer no vino al mundo para hacer las veces de fantasía masturbatoria del hombre. No vino para incrementar las ventas de la Rubia Pilsen o del Jaguar último modelo. No vino para aumentar el tiraje de un periódico o levantar el rating de un programa de televisión. Usar su cuerpo para semejantes porquerías es como usar la luz de un cometa para alumbrar un burdel. ¿Será que soy un moralista? No veo desde cuándo sería esta una mala palabra. ¿Me convierte esto en un machista? Júzguenlo Uds. mismos. ¿Me harán tales declaraciones impopular entre alguna gente? Me importa un bledo. Yo no estoy aquí para ser campeón mundial de la popularidad; estoy para decir lo que pienso.

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