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Graduados y eficiencia Albino Chacón Miembro del Consejo Universitario de la UNA La publicación de La Nación sobre porcentajes de graduados de universidades públicas y privadas es un tema actual, de importancia nacional, que debe contextualizarse para ser valorado con justicia. Los porcentajes en frío pueden dar una imagen distorsionada del uso que hacen las universidades públicas del dinero que la sociedad pone a su disposición y, sobre todo, de sus funciones. Las universidades forman profesionales, pero el graduar montones no significa calidad. Al contrario, grandes graduaciones pueden hacer que los controles de calidad no son los mejores ni las exigencias y cumplimiento de requisitos, los más altos; podría ser, más bien, resultado de programas engañosos y en áreas no pertinentes al desarrollo nacional, con profesionales mal formados. Sin apuro temporal. Formar un profesional es como preparar una buena receta: se deben escoger bien los ingredientes, saber mezclarlos y, sobre todo, respetar el tiempo de cocción; no se puede aligerar el proceso porque la comida saldrá mal, con el agravante de que aquí hablamos de seres humanos, en cuya preparación y adecuada formación se juega su propio destino y el del país. La educación universitaria pública no debe seguir de ninguna forma la estrategia del fast food. Ya sabemos que deja una sensación de saciedad, pero lo que hace es producir obesidad, daños al organismo. Así, además de la actual saciedad de graduados, con un título que no corresponde a una comida de calidad ni a los nutrientes que ocupa el país para su adecuado desarrollo, ¿cómo estará la salud del organismo social costarricense con el fast food educativo que aplican algunas instituciones mal llamadas universidades? Revisión exigida. Esto no significa precisamente que las universidades públicas debamos dormirnos en los laureles ni pensar que lo estamos haciendo todo muy bien; debemos revisar la pertinencia de las carreras, actualizar los planes de estudios, contratar al mejor personal posible, ofrecer la adecuada capacitación al personal académico, ser exigentes con nosotros mismos como profesores y con el rendimiento que exigimos de los estudiantes. Estaremos de acuerdo en que lo anterior no pasa por la competencia en cuanto a porcentajes de graduados, sino por los parámetros de calidad, nacionales e internacionales que la universidad pública se fije como meta, sobre todo porque para muchos estudiantes la buena formación que reciban será el único capital que tendrán para triunfar en la vida como profesionales. De ahí la gran responsabilidad, no solo cognoscitiva sino moral, ética, que se juega en la educación universitaria. Lo contrario sería estafarlos y engañar al país.
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