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Estatuas: devoción y abandono


Guillermo A. Brenes Tencio
Educador

Hacia el último tercio del siglo XIX, las estatuas eran un “lugar de la memoria”(los “altares de la patria”, como se decía en el siglo XIX), destinado a exaltar los hechos históricos y la ejemplaridad de héroes, próceres y beneméritos. Las iniciativas podían provenir de particulares o del Estado, pero todas, en el fondo, buscaban contribuir a la conformación de los símbolos y personificaciones de la identidad nacional. Así, la Costa Rica de finales del siglo XIX y de la segunda mitad del siglo XX, vio inaugurar –con singular devoción– esculturas y monumentos conmemorativos al general Próspero Fernández (1887), al héroe popular Juan Santamaría (1891) y a la Campaña Nacional (1895), y también a los expresidentes Jesús Jiménez Zamora (1903), Juan Mora Fernández (1921), Juan Rafael Mora Porras (1929), León Cortés (1952), Julio Acosta (1962), entre otros.

Sin embargo, en la actualidad, los monumentos se han transformado en objetos de controversia y, en casos extremos, en blanco del vandalismo. Desde este ángulo, la disputa va desde los problemas de deterioro motivados por la corrosión y la contaminación hasta la relectura ideológica del significado de tal o cual personaje o hecho, pasando por los hechos vandálicos, perpetrados sin otro motivo que el lucro. De ahí que existen conflictos (y vacíos) de competencia legal que se han enfrentado a la hora de encarar el resguardo de ciertos monumentos de importancia. Muchas veces resulta difícil discernir a cuál ente administrativo corresponde su conservación y protección.

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