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En Guardia Jorge Guardia Quirós jguardia@nacion.com Ya no me ortiga, Ortega, como antes. Lo que fue –si lo fue– se le fue con los años. El flamante comandante de la revolución trocó su traje de fatiga por uno de sastre fino. Se volvió burgués y ricachón. Pero no hay mal que por bien no venga. Probó (y gustó) las mieles del capitalismo. Anda en Mercedes Benz; adquirió sus gafas deportivas en la Quinta Avenida de Nueva York; usa ropa de marca, muebles lujosos y una mansión “excluyente” que, aquí, calificaría para el gravamen a las casas de lujo. Su tarjeta de socialista activo la guardó, con otros activos, en la billetera que inserta (con dificultad) en la bolsa trasera de su pantalón. Es cierto: ya no me ortiga. Pero, tampoco, me aliviana el escozor. No lo considero un hombre nuevo (como Obando y Bravo) ni un comunista reciclado. No sé (ni me interesa) qué hace en sus días y sus noches ni la veracidad de su debilidad por las jovencitas. Quisiera ubicarlo como hombre público en su justa dimensión: Ortega es, para mí, un político bienintencionado, desinformado y romántico en su juventud, pero realista y moderado en su edad madura (algún beneficio le habría de traer la caraja edad). Ya se dio cuenta de que el socialismo extremo, divorciado de la libre empresa, es una quimera. Algo aprendió de los socialistas europeos (Felipe González, Tony Blair) y los latinos (Alwin, Lula, Kirshner, Allan García y la Bachelet), quienes ganaron las elecciones con lenguajes retóricos de izquierda, pero han gobernado a la derecha. Ese parece ser su destino, por convicción o necesidad, da igual. Lo importante es que en sus primeras declaraciones prometió honrar dos acuerdos: el Plan Estratégico para Reducir la Pobreza que había firmado Nicaragua con el FMI y el TLC con EE. UU. Ortega es listo. Sabe bien que es cien veces más fácil prometer reducir la pobreza que hacerlo. Con el Plan vigente para reducirla, la pobreza extrema cayó de un 19% a un 15% de la población, pero la pobreza general es aún muy alta (45%). La nueva versión del Plan, aprobada al rayar este año, establece una estrategia basada en el crecimiento para generar empleo y elevar salarios. Es el enfoque correcto. Al Estado le asigna funciones esenciales para mejorar el capital humano (educación, salud) y generar el clima apropiado para que los empresarios inviertan. Si los ahuyenta, no habrá inversión nacional ni extranjera ni se reducirá la pobreza. Su suerte está echada. No tendrá más opción que seguir las mismas políticas económicas de su predecesor y preservar sus gafas, trajes y la (abultada) billetera en la bolsa trasera del pantalón. Aunque le apriete la nalga derecha.
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