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Lecciones allá y allá Víctor Hugo Murillo S. vhmurillo@nacion.com El resultado de las elecciones en Nicaragua y el próximo regreso de Daniel Ortega al poder despiertan expectativas que no se circunscriben solo a ese país. La mera posibilidad de que Ortega triunfara, como ocurrió, dio pie a voces de recelo o de alarma tanto por parte de sectores nicaragüenses como del Gobierno de EE. UU. sobre eventuales repercusiones negativas. Lo cierto es que se impuso en buena lid, y ahora se acerca una nueva etapa, ante la cual conviene tomar en cuenta los viejos errores (y también algunos recientes) para reflexionar y espantar fantasmas. Para empezar, la administración Bush debe tomar nota del craso error que representó la descarada injerencia en el proceso electoral. Darse cuenta, como escribió la columnista Marcela Sánchez en The Washing- ton Post, que fallaron las “tácticas del miedo”: la minoría más grande (un 38%) optó por conceder a Ortega una segunda oportunidad. Conviene un poquito de humildad y respeto para un pueblo que ejerció su derecho soberano a escoger democráticamente. El exgobernante, por su parte, no debe engolosinarse con su victoria. Eso, porque fue posible después de que un pacto con los liberales permitió bajar del 45% al 40% (o al 35% con cinco puntos porcentuales de ventaja) el mínimo necesario para triunfar en primera vuelta. Como en anteriores elecciones, el sandinismo comprobó una vez más que tiene un techo de un 40% que esta vez tampoco pudo sobrepasar. Ahora, Daniel Ortega tiene la posibilidad de demostrar que su reiterada candidatura presidencial es mucho más que un objetivo personal y que tiene propuestas serias y acordes con la realidad para poner en práctica a partir de enero del 2007. Constituye un chance para probar que se puede gobernar desde la izquierda con sentido de responsabilidad y con los pies en el suelo, sin prometer paraísos ni malgastar recursos (o sea, desterrando la demagogia y el populismo que tanto daño le han hecho a Latinoamérica). Puede tomar como ejemplos a la Concertación Democrática, en Chile; a Luiz Inácio Lula da Silva, en Brasil, y a Tabaré Vásquez, en Uruguay. A Ortega le han extendido la mano incluso quienes ayer lo adversaron. Ojalá sepa aprovechar esa confianza. Sobre todo, que entienda que el contexto y las condiciones son muy diferentes a los de los 80.
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