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La oración del Presidente

La corrupción socava la adhesión de los ciudadanos a las reglas de convivencia

Róger Churnside
chimi00@racsa.co.cr
Economista

Después de leer el artículo “Corrupción y democracia”, de don Óscar Arias (el 4 de octubre en esta página), varias veces, cuidadosamente, tratando de precisar su motivación y sentido, he concluido que se trata de una verdadera oración. Esta palabra tiene las siguientes acepciones en el Diccionario de la Real Academia Española: “Obra de elocuencia, razonamiento pronunciado en públi-co a fin de persuadir a los oyentes o mover su ánimo. || 2. Súplica, deprecación, ruego que se hace a Dios y a los santos. || 3. Elevación de la mente a Dios para alabarlo o pedirle mercedes”. Demostraré, a continuación, que el documento presenta esas características.

kConsiderando la primera acepción, el escrito contiene un elocuente o ferviente razonamiento dirigido a persuadir a los lectores sobre la gravedad del problema de la corrupción y su peligrosidad para nuestra democracia. Explica don Óscar cómo ese mal socava la adhesión de los ciudadanos a las reglas de convivencia; los ofende y los tienta a sacrificar sus libertades con el fin de corregirlo.

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kDesde la perspectiva del segundo significado, el artículo es una suplica, una deprecación, un ruego para que ese problema sea atendido con urgencia. Destaca que al Poder Judicial y especialmente al Ministerio Público les corresponde identificar los hechos pertinentes y determinar los responsables sin conceder privilegios a nadie. Concomitantemente, las autoridades del Poder Ejecutivo están comprometidos a actuar al respecto con integridad y transparencia.

kEn concordancia con la tercera definición, el presidente Arias eleva su mente a Dios, solicitando amparo y guía en la coyuntura. Para tal efecto, se inspira en el poeta (Premio Nobel de 1913) Rabindranath Tagore, sabio, místico y patriota de la India, también llamado Thakur; e invoca conceptos de este sobre verdad, razón, apertura mental y tolerancia, “bajo cuyo cielo de libertad (ruega), Padre mío, deja que despierte mi pueblo”.

Conocimiento indispensable. Constatado claramente, con base en cada uno de los significados de la palabra, que se trata de una oración, me parece conveniente –como ciudadano y creyente– hacer algunas observaciones.

Para empezar, toda oración tiene una dimensión que cabe llamar “vertical” y otra “horizontal”: una se refiere a que está dirigida a Dios, quien creemos que sostiene –y está por encima de– todo; y otra denota que siempre se relaciona con temas y problemas que afectan a otros seres humanos de carne, huesos y alma, como la persona que ora.

En el caso de esta oración del Presidente Arias, conforme a la primera acepción, se refiere a la corrupción; y, como se supone que Dios sabe y entiende todo, no hay dificultades respecto a la dimensión vertical.

Sin embargo, como los seres humanos somos imperfectos, con limitaciones de entendimiento, la segunda dimensión presenta un vacío en el sentido que no se define el fenómeno de corrupción; solamente se destaca que es algo dañino para la convivencia social.

Pero, si los ciudadanos en general y las autoridades en especial no compartimos una idea clara de lo que es, ¿cómo lo vamos a identificar, combatir y corregir?

La necesidad de llenar ese vacío se refleja en lo que plantea el presidente Arias relativo a la segunda acepción. Él sostiene que los funcionarios judiciales son los principales responsables por señalar y sancionar la corrupción; pero esto es cuestionable.

A esas autoridades les toca tratar lo que está tipificado en las leyes como delitos. Lo terrible de la corrupción es que consiste esencialmente en comportamientos no tipificados como delitos, a pesar de que sus consecuencias pueden ser igualmente dañinas y reprensibles, o más aún.

Esa es una falla de la oración del Presidente, en su dimensión horizontal, cuyas características, implicaciones y efectos tendré que reservar para un artículo siguiente.

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