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Ad astra Víctor J. Flury Escritor Acabo de leer, gracias a un cable de la agencia EFE (26/10/06), que China decidió incluir a un filósofo en el equipo de su próximo viaje al espacio. Sun Laiyan, funcionario a cargo de la misión prevista para el 2007, opina que “un vuelo espacial ayudará a los pensadores a desarrollar nuevas visiones filosóficas y (que) eso será bueno para la humanidad”. Hasta la fecha, siempre los científicos e ingenieros tuvieron un asiento a bordo de la aventura cósmica; ahora, cambio notable, un pensador “puramente teórico” fue escogido como observador de la misión; más aún, el susodicho dará una caminata por la cabecera misma de la atmósfera. El anuncio me parece una guiñada de ojo, una ocurrencia feliz, un detonador de preguntas. ¿Será un indicio de que la epopeya galáctica hoy está buscando su norte, el sentido humano?; ¿y podrá el hombre, merced a una gran tecnología planetaria, elevarse sobre sí mismo, ad astra (hacia las estrellas), según la expresión latina? Quisiera creerlo.
Imaginemos. Amigo lector, llegó el momento de imaginar. Póngase en estado alfa e imagine la escena del vehículo estelar cuando despega y las reacciones de sus pasajeros; y tome en cuenta que ya las percepciones de estos no son iguales que unos segundos antes. Porque, mientras nosotros, aquí abajo, seguimos con nuestros marcos de referencia intactos (espacio, tiempo, gravitación), los viajeros orbitales –desde el vamos– inician el proceso dinámico de amplificar los suyos. Es que, a partir de su macrorrotación universal, ellos tienen la capacidad de ajustar perspectivas y escalas de un modo diferente: aquel puntito es una ciudad, esta brizna decolorada un océano, aquellas manchitas varios países… Y pensar, dentro de este marco inédito, exige otras habilidades y destrezas, un modo de comprensión superior al acostumbrado y una inteligencia que haga evidentes los absurdos y falsos problemas de la Tierra, la vieja y querida Gaia, puesta entre la espada y la pared del recalentamiento, la lluvia ácida, la depredación y una falta de espíritu solidario que debe avergonzarnos. Acaso el homo sapiens descubra, por tal camino, un conocimiento perdido que yace en los orígenes de la filosofía, un conocimiento capaz de reunir a Platón y a Lao Tse en el anhelo fuerte de que abandonemos la oscuridad de la caverna y reconozcamos el yin y yang de nuestra vida. No me diga nada, lo veo venir: podríamos conjeturar y conjeturar muchísimas cosas al respecto, pero hay que recordar que la cuestión se halla todavía en su etapa de proyecto. De acuerdo. Sin embargo, ¿cómo no gozar por fin de una noticia –mi paciente lector– que no nos arruina ni siquiera un poco el dichoso, ritual, pregustado y magno desayuno?
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