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EDITORIAL

‘Lula’ 2

Los electores brasileños reconocieron la estabilidad y la baja en la pobreza
Las reformas pendientes demandan gran decisión y capacidad negociadora


Tal como se esperaba, el presidente brasileño y candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Luis Inázio Lula da Silva, obtuvo una contundente victoria en la segunda vuelta electoral celebrada el domingo, al imponerse por más de 20 puntos de diferencia sobre Geraldo Alckmin, exgobernador del estado de São Paulo y representante del Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB). De este modo, los electores han dado claras muestras de preferir la continuidad sobre el cambio, y le han otorgado al mandatario la oportunidad de desarrollar una serie de tareas pendientes, o completar otras que apenas se han iniciado.

La segunda ronda fue necesaria porque, poco antes de la primera, el 1.° de octubre, un nuevo escándalo de corrupción sacudió las filas del PT, disminuyó el caudal electoral de Lula, aumentó el de Alckmin, dio algún aire a la candidata izquierdista radical, Heloísa Helena, e hizo que, con un 48,6% de los votos, el Presidente quedara 1,4 puntos porcentuales por debajo del mínimo requerido para triunfar. En los nuevos comicios, sin embargo, el panorama cambió por completo. Un amplio sector de los electores exoneró a Lula de responsabilidad por la corrupción de su partido y de varios funcionarios cercanos a él. Al contrario, valoró, principalmente, la estabilidad económica alcanzada por el país y la disminución de la pobreza, gracias a un masivo programa de entrega de dinero a las familias más vulnerables, que había iniciado su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, pero que en este Gobierno alcanzó mucha mayor cobertura. Además, Alckmin, de personalidad poco atractiva, fue incapaz de movilizar nuevos votantes y cometió serios errores.

Ahora, para Lula y Brasil, la gran tarea, en los cuatro años que vienen, será cómo pasar de estos y otros logros importantes, pero aún insuficientes, a impulsar una serie de reformas fundamentales para que el país movilice plenamente todo su potencial y logre un desarrollo más dinámico, sostenible y equitativo. Partiendo de que el Presidente, en verdad, desea impulsar una agenda de cambio y modernización, su primera gran tarea será de índole política. El PT no tiene mayoría en ninguna de las dos cámaras legislativas, en las cuales existe una relativa dispersión partidaria; además, ambas rondas electorales (pero, sobre todo, la segunda) fueron extremadamente duras y condujeron a profundos distanciamientos entre los oficialistas y el PSDB. Cerrar estas heridas y lograr acuerdos que permitan avanzar en el Congreso será indispensable para poder avanzar en múltiples aspectos sustantivos.

Uno de los desafíos más inmediatos es hacer menos oneroso y más eficiente al sector público, que absorbe en impuestos casi el 40% del producto interno bruto (PIB), pero no devuelve el equivalente en obras y servicios; al contrario, muchos de los recursos terminan en sistemas de pensiones casi colapsados y burocracia excesiva, y la inversión en aspectos tan necesarios como infraestructura y educación resulta insuficiente. Mientras esto no cambie, difícilmente el país podrá tener tasas de crecimiento realmente importantes y reducir la pobreza de manera permanente y estructural. Más aún, para mejorar la gobernabilidad general, cada vez se hace más evidente la necesidad de reformas electorales que desestimulen la dispersión en el Senado y la Cámara de Representantes y reduzcan el enorme poder de los “barones” de la política regional, que a menudo son tan importantes o más que los partidos.

Todas estas tareas, además de necesarias, resultan difíciles. Para emprenderlas con reales posibilidades de éxito, se necesita añadir a la voluntad y capacidad negociadora del Presidente la responsabilidad de varios sectores de la oposición. A partir de la estabilidad lograda con gran éxito, es hora de avanzar hacia cambios más profundos. Este es el gran reto de Lula en su segundo período.

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