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Plagio enmascarado Juan C. Calderón Gómez Profesor universitario
En La Nación (18/10/06, pág. 16 A), el señor Rodrigo Muñoz, director de Educación Comunitaria del CUC, afirma que las mascaradas se inician en Cartago en el 1630 y que Rafael Ángel (Lito) Valerín las retoma en 1824. Nada más erróneo, pues las mascaradas, diabladas o mojigangas se originan en la tradición del Corpus Christi, instituida por el papa Urbano IV en 1264 y que viene a América en la segunda mitad del siglo XVII, por real cédula, al servicio de un teatro catequizador. En Cartago, la primera referencia oficial es del cura de la ciudad don Baltasar De Grado, en 1638. Lito Valerín nace en 1824 y muere de leucemia en 1910, como señala el investigador Alexis Ramírez en Los mantudos en las fiestas populares, (Universidad, UCR, 1977). ¿Cómo iba don Lito a impulsar las mascaradas antes de nacer? Además de don Lito y su hermano Francisco ( Chico), destacan también en la producción de mascaradas Julio y Lalo Moya, los Sánchez, los Maroto y los Brenes, como señala Mario Jiménez Quesada. Sincretismo cultural. Las mascaradas surgieron del sincretismo de las culturas española e indígena (reducciones esclavistas de Cot, Tobosi y Quircot) y alcanzan su apogeo con los aportes de los negros de sus cantos, música, bailes y creencias religiosas al espectáculo en la Puebla de los Pardos en 1650. El carácter ambulatorio –junto con la Procesión de los Promesantes– surge en 1782, cuando nace la “Pasada”, por estimar el obispo Tristán que esas celebraciones tenían carácter escandaloso. Las máscaras meten bulla, algarabía y dramatismo en la procesión de la Virgen de los Ángeles que se traslada a la parroquia del Carmen. Muñoz toma la mayoría de sus afirmaciones del artículo “Diablos en la cofradía: Origen y seguimiento de las mascaradas en Costa Rica” (revista Escena, UCR, n.° 30, 1992) y del capítulo “Los mantudos de la Puebla de los Pardos y la tradición del disfraz en Cartago” (1563-1976) del libro Teatro y Sociedad Cartaginesa publicado en 1997, escritos por un servidor, sin dar los créditos correspondientes. Obvia, además, los estudios de Alexis Ramírez y Alexandro Tossati y las publicaciones en diferentes diarios y semanarios cartagineses de finales del siglo XIX y del XX, como El Águila, La Nueva Cartago, La Lucha, El Nuevo Debate y El Renacimiento, entre otros. El gran error de Muñoz es atribuirse investigaciones que ya otros hicieron sobre este fenómeno social pluricultural, que se desarrolló en gran parte de Latinoamérica, con características propias en cada región, sin siquiera dar el reconocimiento correspondiente.
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