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Frivolidad bancaria Raúl Marín Zamora Abogado La quijotesca idea de don Pepe de nacionalizar la banca para dinamizar la democracia económica, que tan buenos resultados dio vigorizando nuestra economía y con ella una pujante y entusiasta clase media, se vino a pique con las posiciones "aperturistas", susurradas al oído de políticos oportunistas por los neoliberales y sus compañeros de viaje. Ahora, impunemente, el Banco Crédito Agrícola de Cartago no dirige su publicidad a préstamos para fortalecer el desarrollo del país sino para rellenar de silicones los senos femeninos o para que los ciudadanos puedan lucir "narices respingadas" (el DRAE admite "respingonas"). Menos banco. La entidad, que parece que quiere ser menos banco y mucho menos de desarrollo, está presta para atender semejantes fruslerías y con blandas tasas de interés (Viva, 15/3/06, y Cartago en La Nación, del 24/3/06 al 6/4/06) que desearían los productores de bienes y servicios, pues para los implantes y operaciones estéticos la tasa a es del 22,78% mientras que, por ejemplo, para los créditos agropecuarios ronda el 28%. En un Estado de derecho, las entidades públicas pueden hacer solo lo que la ley les autoriza, pues están al servicio de intereses superiores. En lo crediticio, ese principio está en el artículo 61 de la Ley Orgánica del Sistema Bancario Nacional, hijo del decreto-ley de nacionalización bancaria que ordenó legislación para dar a la banca "la orientación crediticia requerida por las circunstancias económicas actuales", pues se entendió esa actividad como función pública. En la motivación del decreto-ley se indicó, entre otros aspectos, que "todas las actividades agrícolas, industriales y comerciales dependen vitalmente del crédito bancario, cuya orientación es determinante del progreso o estancamiento del país". Las entidades fiscalizadoras parece más interesadas en el último grito de los mercantilistas documentos de Basilea que en la legislación nacional que gobierna a los únicos tres bancos que van quedando, en principio, con fines superiores a las obsesivas utilidades. Marcha atrás. La Costa Rica del siglo XXI se acerca, en reversa y acongojantemente, cada día, a los otros países centroamericanos, como si nuestro pasado no importara. Estuvimos a la vanguardia continental en salud y educación, pero hoy, con multitud anárquica de improvisadas entidades educativas privadas y falta de recursos para las públicas, la calidad académica y humanista de los estudiantes está a punto de competir con otros países paupérrimos, mientras que el deterioro en la salud pública nos lleva paradójicamente a estándares de los llamados países ricos, en los que solo el que tiene dinero puede tener salud. ¡Y pensar que en nuestra república teníamos esos bienes dentro de los derechos humanos! Bueno, ahora al menos tendremos una postiza raza "mejorada" con senos de silicona y narices "respingadas", aunque sean analfabetos, desnutridos y enfermizos, y aunque la economía demande urgentemente uso genuino del crédito y no, desde luego, financiamiento de entidades públicas para comprar "¡No importa lo que sea!", según enfatiza la insensata publicidad de marras.
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