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La huella del cine José María Penabad López Periodista El séptimo arte cautiva sin fronteras. La televisión acrecienta valor, mensaje e influencia del cine. Pero, su huella, derecho y revés: labrada en piedra o borrada por leve brisa. Tras un ritmo promocional desmesurado, toneladas de celuloide en universales copias, se presentó en la gran pantalla El código Da Vinci, del polémico libro de Dan Brown, inusual éxito en las librerías. Más de 2.000 periodistas se apretujaron para asistir a la premiere en el Festival de Cannes. La mayoría quedó fría, algunos confesaron que durmieron y otros silbaron o se murieron de risa al contemplar escenas supuestamente impactantes. Variety, la biblia norteamericana del espectáculo, afirma que el filme se convierte en una cosa pesada y siniestra, transcripción casi literal de la obra. La novela y el anuncio de la película homónima cosecharon duras posiciones de la Iglesia, al considerar que ataca la fe cristiana. Al otro lado del mundo, en el espacio del primer imperio, donde no se ponía el Sol, en Filipinas, nombre y religión arraigos de herencia colonizadora, la autoridad de Manila prohibió la proyección porque "es ofensiva a las creencias de la Iglesia Católica Romana". Decepción. La tan esperada versión cinematográfica es decepción para los críticos: excesiva, larga, alambicada, rebuscada, risible y, a ratos, ridícula. Filme flojo que revela la debilidad de su procedencia. El código Da Vinci recaudará dinerales. Curiosidad desatada. Ver para creer. Y superará los $140 millones invertidos. Pero el aire fresco de la inteligencia humana anulará su vigencia. Ingresando al túnel del tiempo, el efecto de la permanente huella del cine hermana genialidad y sentido de oportunidad. Tomamos un ejemplo: Finalizada la II Guerra Mundial, por razones de rechazo al fascismo y al nazismo, emergió en Italia la más grande fuerza comunista de Occidente. Estados Unidos aplicó el Plan Marshall, económico, para curar las heridas de la confrontación bélica en Europa, excluida la España de Franco. No fue suficiente la inyección de dólares. Y el cine entró en juego para contrarrestar la dependencia de Moscú. Todo hacía prever que el Partido Comunista, junto a Partido Socialista, italianos, barrería en las elecciones del 18 de abril de 1948. Toda la parafernalia hollywoodense se puso en acción. Visiones de sociedades democráticas, cañoneo fílmico incesante con la mira en el pueblo votante. Y una película ilustrativa: Ninotchka. Las imágenes limpias vendían la idea de recuperación ideológica a un pueblo salido de la miseria bélica. Ninotchka (1939), protagonizada por Greta Garbo y Melvyn Douglas, disponía de la paternidad de dos figuras extraordinarias, Ernst Lubitsch, director, y Billy Wilder, guionista. La incomparable Greta interpretaba a una comisaria soviética, seria y dura, que viajaba a Paris a supervisar la venta de joyas arrebatadas a la nobleza. Y en la Ciudad Luz descubría el mundo de la libertad y un suave amor (Douglas) que, entre otras cosas, le enseñaba a vivir la gracia de las personas, alegría y sonrisa. La sátira, armonizada por el talento de sus realizadores, salía del marco estrictamente cultural para ahondar en la confusión y duda política de los espectadores. Tras las elecciones, fracaso rojo, la explicación de un dirigente pro- comunista lo decía todo: "Lo que nos liquidó fue Ninotchka". Giovanni Guareschi ampliaría la realidad con su posterior y famosa novela Don Camilo y Pepón, que en el cine escenificaron, con gran suceso, Fernandel y Gino Cervi. Huella del cine, otra cara de la Luna, que impresiona, enseña y profundiza.
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