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Rali electoral latinoamericano Profundo desencanto con la política e insatisfacción con el desempeño de la democraciaDaniel Zovatto* *Director para América Latina del Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA) Entre noviembre de 2005 y finales de 2006 América Latina cuenta con una intensa e importante agenda electoral. Durante este lapso, todos los países de América del Sur (salvo Paraguay y Uruguay), tres de América Central (Honduras, Costa Rica y Nicaragua) y México, es decir 12 de 18, habrán celebrado elecciones presidenciales, redibujando de esta manera el mapa político de la región. Además de estas elecciones presidenciales, se han llevado a cabo elecciones legislativas en Colombia y de medio periodo en El Salvador, están previstas elecciones también de medio periodo en la República Dominicana, y municipales en este último país, así como en Paraguay, Perú y Costa Rica. El calendario electoral latinoamericano arrancó durante el último trimestre de 2005, con las elecciones en Honduras, Chile y Bolivia. Las primeras, celebradas en noviembre, marcaron el retorno al poder del Partido Liberal. A las hondureñas siguieron las de Chile en diciembre, donde tuvo lugar el cuarto triunfo consecutivo de la coalición de centro izquierda en el poder que llevó a Michelle Bachelet a la presidencia en la segunda vuelta en enero de 2006. En Bolivia, el resultado electoral favoreció claramente a Evo Morales, convirtiéndolo en el primer presidente indígena en la historia del país. Cabe destacar que este rali electoral tiene lugar en un momento en que la región latinoamericana atraviesa por una situación mixta de buenas y malas noticias. El crecimiento económico de la región por tercer año consecutivo responde a las primeras. Por su parte, la profunda crisis de credibilidad hacia los partidos políticos y los parlamentos, la desigualdad en la distribución del ingreso y la exclusión social, además de la pobreza que alcanza actualmente a 40% de la población, así como el resurgimiento de brotes nacionalistas y populistas de nuevo cuño, son parte de las segundas. La suma de todos estos factores ha traído como consecuencia un profundo desencanto con la política y una creciente insatisfacción con el desempeño de la democracia. Lo anterior se ha visto reflejado en una recomposición del escenario político regional, donde el surgimiento de nuevos actores y líderes está a la orden del día, y se observan nuevas formas (política de la calles), de canalizar la protesta y el descontento con el desempeño de los gobiernos. Diferencias notables. Estos nuevos rasgos de la dinámica política han motivado la colocación de etiquetas de izquierdista, populista o neopopulista a los 'nuevos' actores políticos que, si bien comparten ciertos objetivos comunes, presentan diferencias muy importan- tes entre ellos. Así, la elección de Chávez en Venezuela, Kirchner en Argentina, Lula en Brasil, Vázquez en Uruguay, Morales en Bolivia, Bachelet en Chile, y el triunfo de Humala en la primera vuelta en Perú, no son parte de un mismo movimiento, ni son iguales entre sí, pero han producido lo que para unos es el resurgimiento de la izquierda y para otros la reedición de un populismo o neopopulismo nacionalista. Sin embargo, el movimiento hacia la izquierda no es absoluto. Así, de ganar Uribe las elecciones en Colombia, la opción sería de centro-derecha, como lo ha sido el triunfo de Zelaya en Honduras y, de igual signo, la eventual victoria del partido oficialista en República Dominicana en las elecciones legislativas. Lo mismo podría ocurrir con un eventual triunfo de Felipe Calderón del PAN en México. El giro a la moderación. El triunfo electoral y el acceso al poder de actores nuevos o no tradicionales, ciertamente han llamado la atención, generándose de alguna manera una suerte de campaña de desautorización o menoscabo de aquellos que amenazan el statu quo. Al respecto, el ex presidente del gobierno español, Felipe González, ha planteado que no debe desacreditarse la sensibilidad e interés por lo social, insinuando el retorno del comunismo o del populismo latinoamericano de las décadas de 1970 y 1980. Por su parte, el recientemente reelecto presidente de Costa Rica, Óscar Arias, ha señalado que, más que un giro hacia la izquierda, lo que se ha dado en la región es un giro hacia el centro, hacia la democracia, un giro hacia la moderación frente a los excesos de las políticas neoliberales que fracasaron en la generación de prosperidad para la mayoría. Al margen de compartir o no estos criterios, y como en su momento acuñaran Linz y Stepan al referirse a la democratización en América Latina, el "espíritu de los tiempos" parece ser hoy día la moderación, el giro al centro, a la democracia y a la reivindicación de los valores nacionales, la soberanía y los derechos, y el mejoramiento de las condiciones de vida de las mayorías históricamente excluidas y socialmente olvidadas. Esta tendencia podría ciertamente llegar a tener repercusiones regionales e influir en los electorados de otros países que se aprestan a celebrar elecciones, y animarles a brindar oportunidades a nuevas opciones frente a la política tradicional que no ha rendido los frutos prometidos. Es demasiado clara, por ejemplo, la influencia de Chávez en las elecciones bolivianas de diciembre pasado, así como la que actualmente está teniendo en las elecciones peruanas y en las de Nicaragua. Oficialismo y alternancia. Un repaso de los resultados de los más recientes procesos electorales en la región, desde la perspectiva de la continuidad o la alternancia en el poder, muestra el triunfo del oficialismo en Chile por cuarta vez consecutiva desde 1990. En Colombia y Venezuela es muy probable que también gane el oficialismo. En Brasil, si bien no está claro aún el panorama, es posible un triunfo de Lula. De darse estos resultados, en tres de los cuatro países donde ganaría el oficialismo (Venezuela, Colombia y Brasil), sería mediante el mecanismo de la reelección inmediata y la figura del candidato-presidente, lo cual demuestra el entusiasmo reeleccionista que impera en la región. Por su parte, en México y Nicaragua el panorama no está definido aún y tanto el oficialismo como la oposición tienen posibilidades de ganar. En los demás países, en cambio, la oposición está en mejores condiciones que el oficialismo. En efecto, triunfó en Bolivia, Honduras y Costa Rica. Quien triunfe en Perú provendrá del arco opositor, y lo mismo sucederá en Ecuador. Y ¿la gobernabilidad? Pero, más allá del resultado de las elecciones, surge otra importante pregunta sobre los márgenes de acción de los nuevos gobiernos, en especial en lo que refiere a la gobernabilidad. Para ello es clave observar cuántos de los presidentes electos llegarán al poder con mayoría propia y cuántos lo harán en contextos de gobiernos divididos. Dentro de esta línea de análisis vemos, por ejemplo, que en Chile, por primera vez desde 1990, Bachelet tiene mayoría en ambas cámaras. En Bolivia, Morales tiene mayoría en diputados, pero no en el Senado. En Costa Rica, Arias no logró mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa, como tampoco la alcanzó Zelaya en Honduras. Por su parte, en las elecciones de medio periodo celebradas hasta la fecha, vemos que el gobierno de El Salvador fracasó en su intento de alcanzar la mayoría calificada para controlar la Asamblea Legislativa. Al contrario, en Colombia la coalición de partidos que respalda al presidente Uribe sí logró la mayoría en ambas cámaras del Congreso, lo cual le será muy favorable en caso de resultar reelegido el próximo 28 de mayo. En el caso de México, gane quien gane, es muy probable que se mantenga la situación de gobierno dividido, como viene ocurriendo desde 1997. En República Dominicana habrá que ver si en las elecciones de medio periodo Fernández logra la mayoría parlamentaria que hasta el momento no ha obtenido. En Perú, por su parte, independientemente de quien resulte ganador en la segunda vuelta, habrá gobierno dividido y una gobernabilidad complicada.
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