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Comentario del evangelio: El fin único de la Iglesia Resurrección, ascensión y exaltación van de la mano. La narración de hoy lo confirma y agrega un elemento adicional: el tema del cumplimiento de la misión que implica el inicio del tiempo de la Iglesia. La perícopa que la Iglesia nos regala en la liturgia de la palabra de la Misa se abre con un envío a una misión universal. Y de cara a ella los seres humanos se juegan el todo por el todo y será, además, acompañada por signos que hacen evidente que el Reino ha sido establecido. El cierre nos muestra un final muy coherente con las apariciones narradas: Jesús es exaltado a la gloria del Padre siendo llevado por Dios mismo a su diestra. Es notable el uso de la expresión Kyrios en esta sección del texto, que es reforzada con la referencia al Salmo 110,1. El último versículo es decisivo: una vez que todo esto ocurre, los discípulos se marchan de Jerusalém. Se inicia la aventura de llevar a otros el gran don recibido. La palabra comienza a ser proclamada y el mismo Resucitado y Exaltado colabora con los suyos en la difusión de la novedad del Reino. El Evangelio es el mismo del que Marcos hablaba en su primer versículo. Esa es la gran noticia que ha llegado el momento de anunciar y es el inicio del tiempo eclesial. Siendo precisamente el anuncio de esa buena nueva de Jesucristo el único gozo de la Iglesia, como recordaba Pablo VI en Evangelii nuntiandi, la labor implicada en el encargo del Señor se ha mostrado titánica en la historia. Pero eso sí, una y otra vez la comunidad de los creyentes se ha tenido que purificar de cara a su megamisión. Un deber del que nunca quedará exenta. La Iglesia está para servir a un fin único: poner a cada ser humano de buena voluntad no sólo en contacto sino en comunión íntima con Jesucristo, el único capaz de conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y de hacernos partícipes de la vida de la Trinidad. Un gran objetivo que nunca será fácil de cumplir y que siempre le exigirá audacia y sagacidad frente a enemigos hábiles y poderosos que no faltarán jamás. P. Mauricio Víquez Lizano.
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