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Estrategia siglo XXI

Está demostrado que la competitividad internacional no se gana firmando documentos

Ottón Solís


El 6 de abril pasado un distinguido grupo de costarricenses liderados por Franklin Chang-Díaz, Jorge Manuel Dengo, Alejandro Cruz y Gabriel Macaya presentó un plan de largo plazo en ciencia y tecnología denominado Estrategia Siglo XXI. Los proponentes, aunque enfáticos en la importancia de la ciencia y la tecnología, consideran que ese plan debe insertarse coherentemente en la estrategia de desarrollo humano sostenible y en el "camino propio" que escoja Costa Rica.

Además, advierten que su implementación debe ser compatible con un desarrollo más inclusivo, equitativo y forjador de mayor justicia social.

Más aún, sugieren que se rescaten del pasado los grandes logros que conformaron el bienestar y progreso del país.

La Estrategia Siglo XXI otorga al sector público un papel pivotal, tanto en su planificación, como en su coordinación y ejecución. En este sentido da un salto magistral post-Guerra Fría y supera la discusión simplista sobre el papel del Estado. De ello no deberíamos sorprendernos: los países exitosos le han otorgado (y otorgan) gran importancia a la ciencia, la tecnología y la innovación y el Estado, por medio de centros de investigación, presupuestos y políticas promotoras. Esto los puso al frente, primero en el proceso de industrialización y después en la batalla por la competitividad internacional.

Nada al azar. La Estrategia se funda en los principios de la planificación de largo plazo. No deja nada al azar. Establece etapas y plazos con tareas definidas, a veces minuciosamente, para ser cumplidos en cada etapa. En este marco, lejos de cabildear para que se respete la ruta que escojan las fuerzas del mercado, La Estrategia ha confiado más en los conocimientos y las consultas de los pensadores convocados para elaborarla. Por otra parte, lejos de buscar que todo se acomode al confort de las multinacionales, La Estrategia pone como objetivo superior el bienestar de los costarricenses.

A lo largo de los diagnósticos y propuestas queda claro que, para Chang-Díaz y sus colegas, la ciencia, la tecnología y la innovación no son consecuencias, sino causas del desarrollo. De ahí que, en lugar de esperar a que el mercado nos traiga los avances de la ciencia y sus aplicaciones, nos proponen que proactivamente nos dediquemos a buscarlas por medio de un esfuerzo nacional planificado.

En general, La Estrategia es refrescante en relación con las tendencias prevalecientes en algunos círculos nacionales que promueven un TLC igual para países con historias y logros muy distintos. Mientras que Chang-Díaz et al afirman que La Estrategia debe ajustarse al estilo y modelo de desarrollo que participativamente escoja el país, algunos defensores del TLC consideran más bien positivo que el modelo de desarrollo se ajuste a los límites, prohibiciones y normas establecidas por el TLC.

Esfuerzos impopulares. Está demostrado que la competitividad internacional no se gana firmando documentos legales, como Programas de Ajuste Estructural o TLC. Se requiere de una serie de esfuerzos, algunos impopulares, para mejorar la educación, la calidad de la justicia, la infraestructura y el compromiso con el trabajo duro. Es necesario reducir sustancialmente la corrupción, los abusos y los desequilibrios macroeconómicos. Urgen entes públicos descentralizados, despolitizados y más eficientes. Además, es necesario invertir en ciencia, tecnología e innovación, con una visión de largo plazo.

En esta última ruta, La Estrategia busca algo más que marcar un norte. Debe convertirse en un elemento esencial en la construcción del modelo de desarrollo. Es una tarea que no debe posponerse. Algunos hemos abogado reiteradamente por la ciencia y la tecnología como herramienta fundamental de competitividad internacional desde que comenzamos a opinar sobre las políticas nacionales de desarrollo. El deterioro social y económico de las dos últimas décadas quizás facilite el espacio para que ahora sí el país crea en sí y le otorgue la importancia que el tema merece. La existencia de La Estrategia Siglo XXI y el respeto que inspiran sus gestores eliminan cualquier excusa.

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