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A propósito de El código Mauricio Víquez Lizano Presbítero Hace como dos años, publiqué aquí un artículo sobre un asunto que consideraba serio en potencia y que había que enfrentar inteligentemente: la divulgación de un libro de Dan Brown que, plagiando ideas de pseudoinvestigadores como los autores de El enigma sagrado, abordaba temas que irrespetaban el dogma cristiano más elemental y manoseaban la historia del modo más irresponsable imaginable. Como ocurre en estos casos, me dijeron que yo exageraba. Hoy creo que no podrían decirme lo mismo. Dan Brown es millonario. Fox, National Geographic y el emporio editorial que publica El código Da Vinci son empresas sólidas, y millones de personas en todo el mundo se han visto deformadas por la mala intención de un autor de segunda -excepto para Mario Madrigal ( La Nación, 17/5/06)- y por el infinito afán de riqueza de unas cuantas empresas solo ávidas de dólares. Varias conferencias episcopales, incluida la nuestra, han publicado notas doctrinales para iluminar a los fieles ante la difusión de la película y se han organizado foros para aclarar las sandeces que transmite la obra de Brown. Roma, valga decirlo, no ha dicho una palabra oficial acerca del tema. A la altura. La reacción de la Iglesia ha sido prudente, inteligente y preventivamente iluminadora respecto a sus fieles. No "fascistoide", como afirmó higadosamente el director de la película acerca del libro de Brown. Los obispos que han intervenido, los medios de comunicación católicos que han dado pistas críticas y los centros de estudios que han abierto espacios al debate teológico y bíblico serio, se han portado a la altura de las circunstancias. Ni prohibir por prohibir, ni enfadarse sin más, ha sido la tónica, pero sí decir las cosas claras: el cristianismo ha sido atacado de un modo sorprendemente artero y con una eficacia tal que hay que sospechar en serio de los intereses tras los hechos. Hay varias enseñanzas que esta situación crítica nos ha de dejar. Lo primero es un llamado de atención a revisar cómo se maneja en la Iglesia la catequesis de adultos y de jóvenes. Y esto porque es claro que laicos bien formados habrían descubierto el humor de Brown rápidamente, lo mismo que habrían notado muy pronto que las novedades de National Geographic no eran ni nuevas ni secretas y apenas medianamente importantes si acaso para los aficionados a las curiosidades históricas. Uso apropiado. Lo segundo es la urgencia de insistir en la estrategia para el mejor uso de los medios de comunicación católicos. Esto porque, si esos instrumentos de evangelización hubieran sido medianamente perspicaces, hace ya mucho tiempo habrían reaccionado y los fieles ya manejarían los elementos esenciales que les permitieran desnudar las incoherencias y errores de todo tipo de una obra poco seria y altamente ofensiva para el tercio de la humanidad que mira en Jesús a alguien que es muchísimo más que a un hombre imperfecto y, en la perspectiva de Brown, hasta medio lascivo. Finalmente, creo que ha llegado la hora de hacer que los centros de estudios superiores teológicos hagan algo por popularizar cuanto enseñan. Es dramático el panorama de ignorancia bíblica teológica que hoy muestra la sociedad. En estos días no ha podido quedar más claro. Nadie sabe cómo se ha conformado el canon bíblico, es horroroso el desconocimiento de la historia de la teología y del desarrollo de su método, se desconoce quién es en realidad Jesús, y la aventura histórica de la Iglesia es un dato que prácticamente nadie maneja. En fin, más peor que peor. El daño está hecho, pero creo que las enseñanzas están también claritas. Nos queda verlas y, a quienes corresponda, evitar que, para la próxima, el cataclismo sea tan desastroso.
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