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La cosificación de la persona

Impera una moda colectiva de verse como simples seres de deseos y pasiones

Enrique Vargas Soto


Si nos aceptásemos como personas, el tono humano de la convivencia sería distinto: más fraterno, positivo y optimista, basado en el "amor de amistad" y el respeto a la libertad personal; tendríamos unas relaciones más abiertas y amigas de la verdad y no del engaño, la hipocresía o la mentira, y predominaría un ambiente caracterizado por la estima individual.

En cambio, la sociedad actual ha prohijado un proceso de cosificación de la persona, una moda colectiva de verse como simples seres de deseos y pasiones y de no saltarse el límite de las demandas de los sentidos. Quiere imponerse una tendencia a no verse por dentro y a concebirse como el mundo, el cine, la moda y como algunos cantantes lo proponen con su estilo de vida.

Destino supremo. Es de rigor que las potencias de la inteligencia y la voluntad pongan freno a los sentidos. Porque existe una inclinación irracional contraria a la autoposesión, la cual fomenta esa propensión colectiva de no aceptarse como lo que soy: un ser dado y finito, pero con un destino supremo que trasciende las realidades temporales, esa pasión desmedida por un mundo material tangible.

Al no aceptarme como persona sino como "algo", como un producto refinado de la naturaleza, sin respeto por mí mismo y por mis semejantes, tampoco me inclino a formarme y cultivarme ni me doy la oportunidad de poner una virtud allí donde haya un defecto o una carencia. Impera, sobre todo en los jóvenes, una negativa a crecer y madurar como personas.

Así, fácilmente se cae en el negativismo, la depresión, el indiferentismo, el relativismo moral o el sinsentido de la vida.

Se hace necesario reaccionar y ser conscientes del peso y trascendencia de la dignidad humana, y conviene rebelarse contra esa visión empobrecedora del hombre, cultivar nuestra interioridad y no conceptuarse como cosas o piezas de un engranaje social alimentado por una libertad permisiva, sin límites y ajena a la verdad.

Darse y sentirse. Cuando todo o casi todo se ha recibido, comenzando por el don de la vida, no hay razón para olvidarse de la correspondencia con el dador.

Al contrario, corresponder, servir, darse y sentirse útil depara felicidad e imprime un mayor sentido a la existencia. Ya lo dice el poeta José Hierro: Mas de qué sirven nuestras vidas / si no enriquecen otras vidas.

Es recomendable hacerse un plan de vida, ejecutarlo y evaluarlo después, para hacerle las rectificaciones debidas o para poner más empeño en su realización y conquista.

Si nos aceptamos como personas dotadas de unos fines esenciales irrenunciables, la realidad existencial de nuestro corto paso por la tierra se enriquece y beneficia a otros. Es falso que vengamos de la nada y que vayamos hacia la nada. Sería fatal ser o sentirse una cosa más del mundo, un ser sin destino y esperanza.

Soy persona. Cuánto se ganaría si cada educador dijera a sus alumnos: "Apunten: Soy persona y lo seré toda la vida". Se trata de enseñarles a vivir, sobre todo siendo ejemplo. Porque, si nos olvidamos del sujeto espiritual que somos, el bien moral desaparece y, con él, el eje existencial del amor, la libertad, la responsabilidad y la convivencia. ¿No es cierto que se siente un gran malestar cuando se traicionan los valores morales?

Luchemos por ser personas, no cosas que pueblan un mundo que pasa.

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