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¡Claro que afecta! Pablo Bulgarelli pbulgarelli@aseprensa.com Católico Simplistas e irrespetuosos me parecen los cuestionamientos del señor Fernando Jara Jiménez en su artículo "Fiat lux" ( Foro, 10/5/06) al referirse con menosprecio a verdades fundamentales de la fe que profesamos los católicos. Jesús es Dios y Hombre, Hijo Único del Padre. Es único porque procede de Dios mismo y su misión es llevarnos de vuelta a Él a través de la vida en Cristo y de la santificación en la vida ordinaria. Dios se hace hombre para tender un puente hacia el mundo, que rompió su vínculo con Él a causa de la soberbia y desobediencia que gestaron el pecado original. Libre de culpa. No me parece lógico pensar que Dios se haga Hombre naciendo de una mujer manchada por ese pecado. La Madre de Dios debe estar libre de esa culpa porque quien sale de sus entrañas no es uno cualquiera, sino el Mesías. En la Tierra, Jesús anuncia el Reino, y procura que todos escuchen la Buena Nueva y sigan el camino que lleva al Padre y a la Gloria eterna, no a un "horrible final", como afirma el señor Jara. El matrimonio, como vocación y elección de vida, no es parte del plan de Dios para su Hijo Único, quien debe reconciliar al mundo con el Altísimo, encargo abrumador que obliga a Jesús a prodigar todos sus esfuerzos con este fin hasta el gran sacrificio de la Cruz. Su inmolación se inicia con Judas, uno de los 12 y, por tanto, amigo cercano de Jesús, el cual sin duda tenía una misión dentro del plan de Dios para su Hijo Único; no obstante, una muy distinta de la que tanto hemos oído últimamente. Con la traición de Judas se cumple la Escritura: "El que comparte mi pan me ha traicionado". Dios vivo. La traición lleva a la Cruz y esta a la muerte, pero Jesús -Dios y Hombre- vence a la muerte y así se convierte en un Dios Vivo que se queda con nosotros. La prueba la tenemos en la Biblia: María Magdalena lo ve; los discípulos, camino a Emaús, lo escuchan y comparten con Él el pan; los 11 reunidos con María Santísima lo ven y Santo Tomás es compelido por Cristo mismo a meter su mano en las heridas. Los católicos creemos en la Iglesia porque somos parte activa de ella; creemos en los cuatro Evangelios porque son, primero, Palabra de Dios, y porque nos permiten conocerlo a través de Jesús y saber claramente lo que quiere para nosotros y lo que espera de nosotros. Como Iglesia que somos, todos los bautizados -no solo los sacerdotes- usamos el púlpito, pero también nuestras casas, lugares de trabajo, salones de clase, sitios de esparcimiento y cualquier plaza pro-picia para llevar la Buena Nueva con nuestro testimonio, acciones y palabras. Es nuestro deber pues debemos honrar dos pedidos claros de Dios hacia nosotros: amarás al señor, tu Dios, sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo.
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