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TLC y comercio de armas En tratados comerciales, lo que no esté expresamente prohibido está permitidoAlberto Salom Echeverría Diputado del PAC En un artículo anterior afirmé, con la diputada Elizabeth Fonseca, que Costa Rica eliminó y renunció a crear aranceles a la importación de armas -incluidas las de guerra- en su lista del Anexo 3.3 del TLC. Además, sostenemos que el presidente Arias, al apoyar el Tratado en esas condiciones, debilita nuestra posición en defensa de la paz y tradición civilista. La diputada Janina Del Vecchio (La Nación, 6/5/06) intenta refutarnos sin conseguirlo. Veamos. Que los tratados de libre comercio contemplen la posibilidad de establecer medidas no arancelarias para restringir el comercio de ciertas mercancías por razones de seguridad no da lugar a pensar, como afirma ella, que no haya que mencionar las armas explícitamente como excepciones que deberían quedar fuera de los beneficios de la desprotección. Industria de guerra. Al contrario, las armas se han convertido en mercancía muy sensible a los intereses de poderosas empresas privadas que se dedican a su producción y comercialización internacional. La guerra de Iraq es ejemplo fehaciente de un conflicto revestido de intereses de Estado, pero que en el fondo fue prohijado por los poderosos intereses de la industria de guerra. En tratados comerciales, lo que no esté expresamente prohibido, está permitido. El artículo 21.2b) citado por Del Vecchio en apoyo a su argumentación, se vuelca en su contra, ya que para las naciones centroamericanas, excepto Costa Rica por ser la única sin ejército, la letra y el espíritu están encaminados a alentar más bien que el comercio de armas quede desgravado. Podrán así entender e invocar este artículo como oportunidad de adquirir armas, pues serían parte importante de las medidas para "cumplir con sus obligaciones respecto al mantenimiento o la restauración de la paz y la seguridad internacional o para proteger sus intereses esenciales en materia de seguridad". ¿Cómo mantiene un Estado su seguridad esencial? A través del monopolio de la fuerza, que en Centroamérica se ha traducido, por desgracia, en compra estatal de armas, entre otros. Vamos más allá. El libre comercio de armas podría o no poner en peligro nuestra seguridad, pero sí pone en riesgo un valor superior: nuestra autoridad moral ante el mundo. Nuestra tradición civilista y defensa de la causa por la paz quedarán comprometidas. ¿Qué autoridad moral tendremos para hablar al mundo de paz cuando dejemos la puerta abierta al comercio de armas? ¿Cómo es posible que en el TLC no hayamos consagrado de forma explícita nuestra posición? ¿Por qué El Salvador, Honduras y Guatemala en el TLC mantuvieron de forma manifiesta los controles sobre importación de armas y municiones, establecidos en su legislación nacional, y Costa Rica no? Con todo respeto, doña Janina, el resto de su argumentación es bastante pueril. Afirma que una razón para demostrar que era vano que Costa Rica hiciera la reserva en el tema de las armas es el hecho de que EE. UU. tampoco lo hizo. Dígame: ¿cuál sería el interés de EE. UU. en hacerlo, si las naciones de la región no son productoras de armamento y nadie compite con su industria de guerra? Es evidente, en cambio, que existe interés de EE. UU. en que el comercio de armas de allá para acá sea favorecido por la desgravación. Igualmente irrelevante, diputada Del Vecchio, resulta su argumentación que asimila el comercio de drogas y el de armas; los dos producen muerte y dolor, pero mientras el primero se mueve en el subsuelo, el otro cabalga sobre la superficie con carta de legitimidad. Usted afirma que "los tratados de libre comercio son instrumentos para normar el comercio y la inversión, sin relación alguna con temas militares". ¿De verdad? Haría falta que visitara el complejo militar industrial de EE. UU. u ojeara algunas cifras de comercio internacional de armas -que quizás la Fundación Arias le puede facilitar- para que conozca la realidad.
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