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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Pues bien, decíamos anteayer, al socaire de las memorias de Jean-François Revel, que Bobby, francés y aventurero, hijo del marqués de Pomereu, había organizado una expedición, en 194., para descubrir el tesoro de la Isla del Coco.. Y decíamos también que, urgidos del amparo del encargado de negocios de Costa Rica en Francia, habían sacado del anonimato más austero a nuestro diplomático por esos lares del arte, la cultura, del buen comer y del mejor beber, y lo habían exhibido por castillos, exposiciones y exquisiteces de la alta costura. Hasta que llegó la hora. Sabedor Bobby de que en América Latina la reina es precisamente la mordida (en Costa Rica, el chorizo, y el bakchick, en oriente), le preguntó al diplomático tico cuántos sobres serían necesarios para rellenarlos de billetes y repartirlos por aquí, según su leal saber y entender. Visitó al encargado de negocios -dice Revel- de Costa Rica en París para coronar el negocio y zarpar hacia la Isla del Coco. Sin embargo, tres minutos bastaron para bajar las velas, despedir a los marineros, vaciar la cava de vinos y pulverizar los sueños. Tiene la palabra Revel: "Bobby renunció en tres minutos al tesoro de la Isla del Coco el día fatídico en que el encargado de negocios, sin quedarse, por supuesto, él mismo por fuera, le entregó la lista de los políticos y de los funcionarios (costarricenses) a los que era necesario pagarles para obtener la autorización de explorar la isla. El total de las mordidas -prosigue Revel- alcanzaba sumas tan desestimulantes para el proyecto, por lo elevadas, que hubieran incitado hasta a los mismos piratas de la novela de Stevenson ( La Isla del Tesoro) a alistarse inmediatamente en el Ejército de Salvación". Nuestras mordidas tienen, pues, nombradía y nivel internacional, así como las metidas de pata de no pocos diplomáticos ticos en el exterior. Si los cancilleres publicaran las listas de las personas que solicitan cargos diplomáticos, después de las elecciones, los lugares que escogen y los motivos de sus preferencias, y si se hiciera el recuento de los viajes de algunos funcionarios, sin motivo alguno, habría tema suficiente para otras tantas Memorias. Quien recoja la tradición oral tica en materia de mordidas de toda pelambre, por acción o por omisión, y revise, al mismo tiempo, algunos documentos y periódicos podrá redactar la más deliciosa de las novelas, una especie de Código Da Vinci, productivo, respetuoso y sin truculencias. La Isla del Coco de la riqueza está al alcance de la mano. Con una buena dosis de imaginación y poco esfuerzo salen a flote los lingotes de oro.
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