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El prestidigitador El poder no puede ser ejercido justa y prudentemente por cualquier advenedizoLuis Carlos Ramírez Zamora Las herramientas son para quien sabe usarlas. De lo contrario, imaginen ustedes a un enfermero, bisturí en mano, operando a corazón abierto o un albañil diseñando los planos del puente sobre el río Tempisque. El poder es una herramienta cuyo uso adecuado genera bienestar general y su mal uso injusticia y pobreza para muchos. En las elecciones del 2002 cometimos el inmenso error de entregar el poder a una persona no capacitada para tan importante responsabilidad. La administración Pacheco pasará a la historia como una de las más improductivas, irresponsables e irreflexivas desde 1948. La barca nacional navegó al garete y, si no hizo aguas, fue por el casco institucional que los costarricenses construimos a través de las generaciones. En las manos equivocadas. Por más institucionalizada que esté la democracia, es equivocado creer que el poder puede ser ejercido justa y prudentemente por cualquier advenedizo. La democracia más grande e importante del mundo está sumida en una infernal e insoluble crisis en el Medio Oriente y ha arrastrado su economía al déficit fiscal y comercial más grande de su historia porque los estadounidenses entregaron el poder a quien no estaba facultado para ejercerlo. El misterioso péndulo de la historia no fue lo suficientemente fuerte para corregir las cosas en el 2004. En lugar de elegir a un hombre sensato y grave, como Kerry, los estadounidenses prefirieron de nuevo al evangélico iluminado Bush. Las naciones, como las familias, no se gobiernan solas. Al frente de cada buena familia hay un buen padre, o una buena madre, y al frente de cada período bueno de la historia hay un gran líder, llámese este Jefferson, Lincoln, Churchill, Adenauer, de Gaulle, Juanito Mora, Ricardo Jiménez o José Figueres. Estos estadistas, con errores y desviaciones, por supuesto, fueron fecundos políticos, estudiosos, prudentes y arrojados cuando fue necesario.
Un buen político no se improvisa. Para ser buen político es necesario tener un conocimiento bastante amplio de los principales problemas nacionales. Ese conocimiento solo se genera tras una larga vida de estudio, exposición y reflexión. Un buen político debe tener prudencia y serenidad, características estas íntimamente ligadas al carácter y, por lo tanto, poco o nada modificables. Finalmente, para ser buen político, es necesario rodearse de buenos asesores. Se requiere grandeza y singular inteligencia para rodearse de los mejores sin sentirse amenazado. Más aún, solo con gran juicio se protege y promueve el bien público en medio de las opiniones, a veces opuestas, de inteligentes e interesados asesores. Solo unos pocos lo logran. En estas tres esferas don Abel Pacheco nos quedó debiendo: él no es estudioso ni prudente, y sus ministros y presidentes ejecutivos, con pocas excepciones, fueron personajes de segunda. Salvadora erudición. Un buen político, decíamos, es casi imposible de improvisar. Don José Joaquín Trejos, podríamos decir, se encontró la presidencia sin buscarla y salió bien librado. Eran tiempos más serenos. Además, don José Joaquín salió del claustro universitario después de una larga vida académica que, junto a su proverbial prudencia y rectitud, lo ayudó a bien gobernar. Antes de ser presidente, don José Joaquín fue un sobrio profesor universitario. Don Abel, por el contrario, antes de ser presidente, tuvo múltiples trabajos. La responsabilidad más importante de una persona es hacer bien lo que hace. Eso toma tiempo. No hay otra manera de aprender bien un oficio que el tiempo. De donde se deduce que quien cambia con frecuencia de oficio probablemente no aprende a desempeñar ninguno bien. Don Abel fue y es, ante todo, un prestidigitador verbal. Ese manejo verbal sirve para evadir respuestas, ser gracioso, escribir poemas y fantasías, y hacer programas cortos de televisión, pero no para gobernar. Gobernar bien es en extremo difícil. Ya lo dijo Einstein: La política es más difícil que la física. No es razonable pretender que el presidente conozca a profundidad todos los grandes temas de Estado, pero sí es una irresponsabilidad que carezca del conocimiento necesario para tomar buenas decisiones. Don Abel se caracterizó en su vida pública por la falta de compromiso sostenido y concreto en los problemas nacionales. No le conocemos ningún pronunciamiento que evidencie conocimiento profundo de algún tema. Su carrera legislativa resaltó por estéril. Cuando el mandatario no sabe, no puede decidir, dirigir ni supervisar. Maquiavelo nos recuerda que es un contrasentido esperar prudencia de los asesores del príncipe si él carece de ella. Carácter y destino. El pueblo espera de un mandatario buenas decisiones, prudencia y arrojo en la promoción y protección del interés del mayor número. Para acometer tan fenomenal jornada, debe tener capitanes en puestos claves. Su administración perdió a casi todos sus ministros originales y terminó gobernando con la reserva. Y no es cierto que un cambio de ministro, como dijo don Óscar Arias, es como quitar las cordales cuando no pasa nada. Si a un ejército se le cambian a menudo los capitanes, la tropa cae en confusión y la batalla corre el riesgo de perderse. En síntesis, su gobierno pasará a la historia como lo que inexorablemente fue: el producto de don Abel. Pero no creamos que todo en su gobierno fue malo. Don Abel tuvo el olfato necesario para hacerse a un lado cuando en el 2004 lo mejor de Costa Rica, con La Nación, Teletica y la Fiscalía a la cabeza, comenzó a recuperar las riendas de su destino. Otro gobernante con menor olfato se hubiera interpuesto en esa jornada y es probable que una avalancha de indignación ciudadana lo hubiera tumbado del poder. Pocos políticos hemos tenido tan predecibles como don Abel: su conducta lo delata a cada instante. Decían los griegos que el carácter es el destino. Cada quien es cautivo de su carácter, inmutable en su esencia y apenas ligeramente modificable.
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