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Manejando en Tiquicia Juan Fernando Cordero jfcordero@nacion.com El plan nuestro de cada día: cómo llegar a tiempo y con el menor desgaste posible al trabajo, a la universidad, a donde sea. Movilizarse en Costa Rica se ha convertido en una labor titánica que requiere planeamiento previo de rutas, salidas anticipadas, paciencia franciscana y un largo cruce de dedos para que no surja ningún imprevisto en el recorrido. Ya damos por descontadas las imprudencias y abusos de los irresponsables consuetudinarios y las pésimas condiciones del terreno en cuanto a infraestructura y señalización. La batalla diaria tiene ahora otros enemigos. Empezamos por el tránsito en las pequeñas ciudades, que deberían atravesarse sin dificultad, pero que parecen haberse puesto de acuerdo para permitir el estacionamiento en ambos costados de la calle que sirve de paso. Si no es eso, surge entonces algún semáforo impertinente, el único en muchos kilómetros a la redonda, extraviado no solo en su ubicación, sino también en su funcionamiento (aquí el récord Guinness se lo lleva un sistema de semáforos de Santo Domingo de Heredia, que en algunos momentos tiene sus siete luces en rojo al mismo tiempo; solo pasan los ovnis). Lo siguen los motociclistas, que ahora implantaron la moda de adelantar por la derecha, y los tráilers de más de ocho toneladas, que se ríen a mandíbula batiente de la regulación que solo les permite circular a ciertas horas y por ciertas rutas. Y ahí vamos, a golpes de freno y aceleraciones ridículas, debatiéndonos entre entradas a ventas de pollo, salidas de farmacias, giros de vehículos en almacenes de depósito y el autobús de pueblo que espera a las señoras mientras terminan de alistarse para abordarlo. Paciencia franciscana a bordo: desde mucho antes han sido desenfundados los celulares, las ejecutivas retocan su maquillaje y no falta quien concluya su desayuno en neutro y con el freno de mano puesto. En mi caso, cuando ya casi logro el objetivo de llegar, una colisión insignificante (a alguien le han apeado un número de la placa) causa el fin del mundo en la cuesta del Virilla. Ahora sí que ya no importará nada el último tapón: el que hacen los camiones que descargan mercadería en el MásxMenos de Tibás, con la complacencia de la Municipalidad (¿hay Municipalidad?) de este hoy sufrido cantón.
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