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Libres Defienda su derecho indiscutible a ver, sentir, pensar y actuar con autonomíaFernando Araya No se debe olvidar lo principal: La guerra mercadológica en torno a la novela de Dan Brown, El código Da Vinci y a la película del mismo nombre representa un fenómeno secundario, derivado de las mutuas ignorancias entre secularidad y conciencia religiosa. La manipulación de símbolos y creencias como táctica para amasar fortunas, por un lado, y los llamados a boicotear El código Da Vinci, por el otro, constituyen dos caras de la misma moneda, que evidencian ciertamente los efectos perniciosos de una ruptura que tiene mucho de artificial y sectario, y es responsabilidad compartida de unos y otros. Sería mucho mejor concentrarse en propiciar el reconocimiento recíproco de orígenes, valores, principios y dependencias mutuas, antes que atizar las insensibilidades. Si esto no se logra, en el futuro seguiremos siendo testigos de escenarios sectarios, antesalas, como se sabe, de holocaustos y genocidios. Llamada sospechosa. Un hecho, anecdótico y coyuntural, ejemplifica lo anterior. No recuerdo el año ni el mes ni el día ni el nombre de quien conversaba conmigo al otro lado del auricular, pero preciso con claridad el significado de sus palabras, que reproduzco en el imaginario diálogo siguiente: "Fernando, ¿conoces El código Da Vinci?". "No", le contesté. "Se trata de una obra de ficción, sin calidad literaria alguna -me dijo- que introduce falsedades históricas y calumnias, me gustaría darte información para que escribas un artículo en contra de El código y lo publiques en La Nación.". Mi interlocutor trataba de envolverme en alguna estrategia comunicacional y no le importaba en lo más mínimo mi opinión, sino la posibilidad de utilizarme para sus fines. Le dije que lo solicitado era imposible, por razones obvias de profesionalismo y dignidad. Junto al pensamiento, al amor y al deseo, la libertad es el mayor tesoro que tenemos. Gozo de mirar con libertad. En no pocas declaraciones, tanto de quienes se oponen como de quienes apoyan la producción cinematográfica El código Da Vinci, se hace evidente la presencia de esquemas mentales, según los cuales la verdad es propiedad privada de algunos grupos. Frente a esta semilla de intolerancia conviene reafirmar el postulado básico de las sociedades pluralistas: Las comunidades humanas no aspiran a la uniformidad, sino a potenciar la diversidad de la experiencia sin otro límite que la dignidad. Sectarismos y fanatismos, de cualquier signo, cultivan, en cambio, la manipulación mental y emocional y un miedo visceral a la sola posibilidad de una pluralidad creativa y autocontrolada como la indicada. Al ver la película dirigida por Ron Howard, conviene liberarse de los temores y los prejuicios, tener presente el sentido histórico del pluralismo y disponerse a pensar y sentir con independencia. Si unos anuncian boicots, añorando, quizás, antiguas hogueras, y otros acumulan riquezas manipulando sentimientos sin otro parámetro que su voraz ambición, espectadores y espectadoras podemos proclamar nuestro derecho a ver, sentir, pensar y actuar con autonomía. Este es nuestro gozo frente a las unilateralidades de El código Da Vinci y sus detractores. Lo que nos hace señas. De este modo, quizás, redescubramos aquello que Pascal escribió a Mademoiselle de Róannez: "Todas las cosas ocultan algún misterio.". Jean Lacroix explica que "el misterio es el sentido oculto bajo un símbolo." y que el mundo es "lo que nos hace señas.", porque "estar vivo -dirá Ortega y Gasset- significa encontrarse irrevocablemente sumergido en lo enigmático.". El conocimiento evoluciona conforme descifra y devela enigmas. Los promotores de El código Da Vinci y sus opositores, sin quererlo, nos lo dicen precisamente en sus flaquezas y sectarismos. Las operaciones publicitarias que estamos presenciando parecen indicar que los enigmas (intereses) envueltos en este asunto son bastante más complejos que lo insinuado en la mejor de las ficciones.
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