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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Da pena, pero es real. Hace algunas semanas, murió en Francia un egregio intelectual, Jean-François Revel, partícipe de las grandes batallas ideológicas del siglo XX, quien, en el año 1997, publicó sus memorias (El ladrón en la casa vacía), en las que relata, con bonhomía, ironía y estilo, un episodio revelador de un diplomático de Costa Rica, "este delicioso -como expresa- pequeño país de Centroamérica". Pues bien, Bobby, aventurero descocado y millonario, hijo del marqués de Pomereu, se lanzó a la epopeya de los mares, al estilo de la Isla del Tesoro, de Stevenson, para descubrir el tesoro de la Isla del Coco, en Costa Rica. Así, organizó una expedición, enroló a varios amigos, entre ellos, a Revel, a cuyo cuñado le alquiló un velero. Durante dos meses, se dedicaron a los preparativos del periplo. Tanto era el entusiasmo de Bobby que contrató a un adivino para que descubriera en el mapa el lugar preciso del tesoro, además de cargar el barco hasta reventar de sardinas en aceite, paté de foie, botellas de ron y toda suerte de vinos. Por pertenecer la Isla del Coco a Costa Rica, se requería, obviamente, el permiso previo de nuestro Gobierno en aquel entonces y acordar con este el reparto del tesoro. Bobby consultó a expertos internacionales en frecuentes desayunos en la avenida Foch. Luego, visitó a nuestro encargado de negocios a la sazón quien, desconocido, hasta ese momento, en el París mundano, culto y político, de pronto se vio abrumado de invitaciones a desayunos "de trabajo"; en las tardes, a recepciones literarias y artísticas y, los fines de semana, a Normandía, a estancias aristocráticas, para cazar y pescar a sus anchas. De este modo, inundado de truchas, faisanes y Château Latour, su pálida piel se tornó, en pocas semanas, como una dalia, vivaz y rosada. En su rostro -agrega Revel-, de súbito florecido y dilatado, comenzó a resplandecer la sonrisa de la beatitud perpleja. Bobby, por su parte, sabedor de que en América Latina nada se obtiene sin "mordida" (así, en el texto francés), se puso al tanto, gracias a las informaciones del bondadoso confidente costarricense, del monto y del respectivo número de sobres previsibles que debía repartir para coronar con éxito su proyecto: el descubrimiento y extracción del tesoro de la Isla del Coco. ¿Cuál fue el desenlace de este plan urdido en la Ciudad Luz, si los ticos seguimos siendo pobres? ¿Cómo reaccionó nuestro diplomático? ¿Cuándo ocurrieron estos hechos? ¿Hemos cambiado? Hasta la próxima...
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