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Nuestra riqueza natural

El 22 de mayo está consagrado como Día Mundial de la Biodiversidad

Rodrigo Gámez Lobo
Instituto Nal. de Biodiversidad

Cuando hablamos de riqueza, por lo general la asociamos a bienes materiales. Difícilmente se nos ocurrirá pensar en otra forma de riqueza, pero hay una que tenemos frente a los ojos, que usamos todos los días y que no valoramos pese a que, sin excepción, dependemos de ella: la riqueza natural.

Es una riqueza que nos da cosas tan esenciales como alimentos, fibras y maderas, plantas cultivables, medicinas, agua potable y aire limpio. También contribuye a la estabilización del clima, y a la prevención de erosión, inundaciones y sequías.

Y es de tal importancia que nuestra existencia misma está determinada por la presencia de esos millones de plantas, animales y microorganismos, cuyas asociaciones naturales -los ecosistemas- ocupan todos los rincones de la Tierra.

Dimensiones descomunales. Esta riqueza o capital natural nos suministra bienes y servicios básicos que nos permiten gozar de una vida decente, saludable y segura. Además, es lo que atrae a más de millón y medio de personas de todo el mundo, que vienen a deleitarse con esas bellezas naturales tan abundantes en nuestro territorio. Dios y la naturaleza bendijeron a Costa Rica, donde ese capital natural alcanza dimensiones impresionantes.

Estamos entre los nueve países "de extremadamente alta biodiversidad en sistemas boscosos". Superamos en número de especies de plantas, aves, reptiles, mamíferos y anfibios, por mil kilómetros cuadrados, a países considerados como los megadiversos del planeta: México, Colombia, Brasil, Indonesia y Australia.

Pero hay malas noticias para esa rica biodiversidad. Tenemos un problema mundial que numerosos estudios científicos revelan que se hace cada vez más grave y evidente.

En las últimas décadas, los humanos hemos hecho cambios en los ecosistemas que no tienen precedentes en la historia de la Tierra.

Capacidad en picada. Estos cambios se han realizado para satisfacer crecientes demandas de alimentos, agua potable, energía y otros bienes y servicios, que sin duda han contribuido a mejorar las vidas de millones de personas pero, al mismo tiempo, han debilitado la capacidad de la naturaleza para seguir supliéndolos.

Esas actividades humanas, que han traído gran bienestar a unos y pobreza y marginación a otros, están llevando al planeta al borde de una masiva de extinción de especies, que amenaza seriamente nuestro propio bienestar.

Las proyecciones científicas indican que las presiones sobre los ecosistemas aumentarán globalmente en las próximas décadas, a menos de que las actitudes y las acciones humanas cambien.

Ante este triste panorama, se reconoce que Costa Rica -pese a deficiencias y errores que hemos cometido- es de los países que más ha hecho por salvar, conocer y utilizar inteligentemente su capital natural.

Mas esa crisis inminente nos da también una oportunidad de oro: convertirnos en líderes mundiales en la búsqueda de una relación armoniosa entre humanos y naturaleza. El mundo lo necesita. Pero tenemos que hacer un esfuerzo aún mayor al que hemos hecho.

Una mejor protección de ese capital natural requerirá esfuerzos coordinados de todas las instituciones, estatales, empresariales e internacionales, y de todos los ciudadanos sin excepción. Además, debemos tener claro que la productividad de los ecosistemas depende de decisiones de política, inversiones, comercio, subsidios, impuestos y regulaciones, entre muchas otras más. Nada de esto es fácil.

Pero, si tomamos la decisión de hacerlo, de cambiar, podremos garantizar mayor bienestar para esta y las futuras generaciones, serviremos de faro y guía para un mundo necesitado, y contribuiremos a que la creación, la vida en la Tierra, tenga mejor futuro.

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