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Sala de Redacción Los huracanes agravan las desgracias en zonas de Latinoamérica Por Stevenson Jacobs 10:10 AM hora local Gonaives, Haití (AP). La tormenta tropical Jeanne se llevó la casa de concreto de Markley Maitre en una vorágine de viento y agua, obligándola a escarbar en el lodo en busca de escombros para tratar de reconstruirla. Ahora, dos años después, la madre de cinco hijos habita una vivienda precaria de chapas de metal y estacas que no le servirá de nada cuando el próximo huracán poderoso se desencadene sobre Haití. Si nos cae otra tormenta, creo que nos vamos a morir todos, dice frente a su choza en Gonaives, una ciudad costanera de callejuelas de tierra y cloacas abiertas en una región vulnerable a las tormentas por décadas de deforestación. Jeanne mató a unas 3.000 personas en Gonaives y desplazó a muchas más. Hoy _a pocas semanas de la nueva temporada de huracanes_ todavía hay un vasto lago fétido formado por las crecidas en las afueras de la ciudad y miles de personas atestan un barrio misérrimo que absorbió a los sobrevivientes. La difícil situación no es inusual en los confines más pobres de Latinoamérica y el Caribe, donde las tormentas tropicales y los huracanes suelen desencadenar muerte y destrucción en mucho mayor escala que en zonas más desarrolladas con rutas de evacuación, comunicaciones modernas y mejor drenaje. Los sitios acaudalados como las Islas Caimán o zonas turísticas notorias como Cancún han reunido rápidamente los recursos para reconstruir después de las tormentas de los últimos años. La situación es radicalmente distinta en Haití, donde la reconstrucción es casi exclusiva de unos pocos grupos privados de asistencia, o en Guatemala, donde el huracán Stan desencadenó en la temporada pasada inundaciones y deslizamientos mortíferos en comunidades remotas con escasos recursos. La temporada del año pasado registró un récord de 27 tormentas tropicales que afectaron a más de 4 millones de personas y causaron daños superiores a los 7.000 millones de dólares en Centroamérica y el Caribe, según la Confederación de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELCA). Los meteorólogos anticipan que esta temporada verá menos tormentas que el año pasado, aunque creen que de todos modos el número estará por encima del promedio. Ya hemos empezado a estar en alerta, dice Evan Thompson, meteorólogo del servicio nacional de meteorología de Jamaica, donde el huracán Ivan destruyó cultivos y viviendas y mató a 17 personas en el 2004. La mayoría de nuestra población vive en la costa y no hay muchos sitios donde uno pueda escapar a la furia de estos sistemas. Aun con menos tormentas, muchos lugares en la región podrían llegar a tener una temporada devastadora debido a la inadecuada planificación para desastres y a años de descuidos ambientales, dice Ricardo Zapata Martí, un especialista en desastres naturales de CELCA. La vulnerabilidad no ha disminuido y el riesgo ha aumentado, dice, citando Centroamérica como una de las regiones más vulnerables. En octubre del 2005 Stan desencadenó pavorosas inundaciones y deslaves que dejaron 700 muertos en Guatemala y miles de desamparados. La tormenta también causó estragos en el sur de México, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica. Seis meses después la reconstrucción avanza trabajosamente, lo que causa protestas de los sobrevivientes. En Guatemala, por ejemplo, la mayoría de las 9.000 familias que perdieron sus hogares todavía viven en refugios temporales de hojas de plástico y techos de lata. Los españoles fundaron cien pueblos en cien años y ahora tenemos que hacerlo en doce meses, se lamenta Eduardo Aguirre, el funcionario guatemalteco a cargo de la reconstrucción. Pero la reconstrucción de por sí no basta. La mejor solución, dice Zapata Martí, es que las zonas afectadas reemplacen sus edificios, caminos y sistemas de drenaje con una infraestructura más moderna que pueda resistir una tormenta poderosa. En lugares como Haití, el país más pobre del continente, ésa no es una opción, al menos en un futuro próximo. Si ni siquiera tenemos los fondos para pagar a nuestros empleados, de qué manera podemos prepararnos para las tormentas?, dice la alcaldesa de Gonaives Gartha Jacques, que tiene que ir caminando a la alcaldía puesto que su oficina no tiene presupuesto como para tener un automóvil. Sin ayuda del gobierno, grupos internacionales como CARE y la Agencia Internacional para el Desarrollo han contribuido a reconstruir partes de Gonaives. Pero siguen vulnerables los miles de sobrevivientes de las tormentas que viven en una villa improvisada y pantanosa llamada Cite Jeanne. Para Maitre, vendedor de helados de 32 años, la vida se tornó aun más dura después de la tormenta. Con poco trabajo, la mujer no ha podido terminar de reconstruir su vivienda de una habitación, en la que la luz del sol se filtra por el techo de lata de descarte. Nos gustaría tener una casa firme de ladrillos, pero aquí nadie tiene dinero para eso, dice. Cuando llueve, el agua cae de la montaña y entra en la casa. Algunos en el lugar han empezado a construir segundos pisos sobre casas desvencijadas de concreto, para tener donde refugiarse si vuelven a subir las aguas. Otros dicen que les agradaría mudarse más al interior, pero temen perder sus medios de subsistencia puesto que muchos dependen del mar. No podemos darnos el lujo de irnos, dice Charite St. Louis, un pescador de 55 años que perdió todas sus pertenencias. Todos tienen que arreglárselas de por sí y rezar para que la próxima tormenta no se nos venga encima.
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