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De la redacción: La sonrisa de las plantas Ufrán García ugarcia@nacion.com Cuando llegué -empujado por el amor- hasta aquel apacible rincón en ligero declive, rodeado de árboles y un río con murmullo de quebrada que hace de fondo a un coro de avecillas multicolores, sentí el llamado a cultivar un jardín. Desde niño me enamoré de las flores que con tanto esmero y cariño cuidaba mi madre, doña Flora, pero jamás había plantado una mata. Y en pocos días crecía allí junto al río una dalia que ha de dar flores de amarillo intenso. Pero impaciente ante el ciclo natural de la dalia, que en verdad no sé cuánto tardará en florecer, opté por visitar viveros y conseguir retoños de rosa casi en botón. ¡Qué maravilla! Los trasplanté un día y al siguiente amanecer pude ver desde la ventana pétalos hermosos de amarillo pálido, rojo intenso, rosa con blanco, naranja con rojo. Y sopló de repente el viento para borrar mi sospecha y dejar en evidencia una verdad cristalina: la flor es la sonrisa de la planta. Cada flor, una sonrisa; cada jardín, una invitación a vivir en armonía. Hay más aún. Esta incipiente experiencia de jardinero me ha permitido ver la facilidad con que las personas se ilusionan, dialogan, departen, se expresan, sueñan y aman en la cercanía de las flores. Entonces, si la distancia más corta entre dos personas es una sonrisa, el cultivo de las flores es una tarea impostergable en cada hogar, lugar de trabajo, en cada rincón de Costa Rica como el que tiene atrapado a este mortal.
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