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Tarzán vive en Barcelona Arnoldo Rivera J. arivera@nacion.com Carles Puyol tiene algo en común con el pirata cojo de Joaquín Sabina: tiene cara de malo. La pinta no deja de ser una buena ayuda para cualquier zaguero. Sin embargo, lo anterior es apenas la cubierta de uno de los mejores zagueros del mundo y líder del Barcelona, nuevos campeones de Europa.
No es fácil llevar la cinta de capitán del equipo que está en el top del concierto futbolero. Pero cuando se es un profesional íntegro, una defensa recio, con fortaleza física de hierro y disciplina de Primer Mundo, las cosas se facilitan y hasta se explican. Su técnica es aceptable y eso le permite algunas incursiones ofensivas de cuando en cuando; pero lo de Puyol pasa por la entrega, el coraje, en dejar la camiseta empapada y en prohibir el paso franco de los delanteros adversarios. Es un claro ejemplo de jugador de equipo, que siempre opta por el bien del grupo y su calidad individual hace que nunca se complique la vida cuando tiene que cortar el juego rival. Le llaman Tarzán y a fe que ese mote lo tiene bien puesto. Como se dice en estos tiempos: es un referente del Barça Azulgrana. Es uno de los mimados de los culés, que lo aprecian como a pocos por su tipo de juego. Su único equipo, fuera de la Selección de España, ha sido el Barcelona. Su estreno fue en la temporada 1999-2000, el 2 de octubre de 1999, en Valladolid (ganó el Barça, 0-2). Empezó como lateral derecho; luego pasó por varias demarcaciones -hasta anduvo por la media- antes fijarse como central. Con España es de los habituales. En estos días, una formación de la Furia sin Puyol es darle una ventaja inadmisible al rival. Su mayor éxito lo alcanzó con el equipo olímpico en los Juegos Olímpicos de Sidney, en el año 2000, con Iñaki Sáez en el banquillo. Los españoles consiguieron la medalla de plata en esas justas, al perder la final ante Camerún en la serie de los lanzamientos desde el punto de penal. Su debut con la selección absoluta se dio bajo el mando de José Antonio Camacho, el 15 de noviembre de 2000, contra Holanda. Hoy, su reto consiste en ayudar a que España se deshaga de la costumbre más arraigada que presenta en Mundiales: despedirse antes de tiempo.
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