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Enfoque Jorge Vargas Cullell jovargas@nacion.com El mejor negocio es, dicen, comprar un tipo pesado por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale. Chiste gastado y, lo que es peor, mentiroso. Hoy en día, el mejor negocio del mundo es vender una propiedad en Costa Rica al precio de mercado y pagar impuestos sobre ella por lo que el Estado cree que vale. En la locura inmobiliaria de los últimos años se han creado fortunas en la compra y venta de propiedades para desarrollos habitacionales y comerciales. Un lote ocean front en un lugar de moda en Guanacaste, se cotiza por encima de $800 el metro; diez años atrás se valoraba en diez veces menos. Media hectárea urbanizada en Santa Ana roza un millón de dólares en terrenos comprados quizá a menos de un dólar el metro hace tres décadas. Símbolo del desarrollo y pujanza del país dicen unos. Yo digo: es magnífico que las personas ganen plata, pero mejor aún que paguen algo de impuestos por las ganancias fáciles que obtuvieron. ¿Por qué? Muchos de estos terrenos se han valorizado sin mover un dedo, por ventajas de localización. Valen hoy plata debido a que están cerca de carreteras y caminos construidos con fondos públicos. Usufructuar de las infraestructuras devolviendo casi nada a cambio es una tradición tica tan arraigada como la empanada de chiverre. Pese al boom inmobiliario, la recaudación del impuesto territorial sigue magra. El resultado es la "tragedia de los comunes": las ganancias individuales generan una situación colectiva insostenible que termina afectando a todo el mundo. Así, no hay plata para mantener las infraestructuras que requerimos. Que paguen otros. Eso sí, somos rápidos en demandar servicios para propiedades sobre las que nada o casi nada pagamos. Como se decía en la antigua Grecia: "Ahí va el chancho con la mazorca en la trompa y pidiendo más". Con el pago de impuestos territoriales que capturasen parte de las ganancias fáciles, podríamos desarrollar una política sostenida de mejoramiento de las infraestructuras que dan servicio a nuestras propiedades. Podríamos también mejorar la calidad de los entornos urbanos. Ni siquiera tendríamos que cobrar altas tasas, sino actualizar los valores de los terrenos y efectuar una gestión seria de cobro. La piedra angular es un catastro donde estén registradas las propiedades con datos veraces, precisos y georreferenciados. (Infortunadamente estamos a varios años de esta meta). También serían necesarias protecciones para evitar que altos impuestos territoriales expulsen a propietarios de bajos ingresos de zonas apetecibles para el desarrollo inmobiliario. Esconder plata al fisco en huacas extranjeras es fácil. Más difícil es esconder la propiedad donde uno vive, invierte o se divierte.
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