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El zaguate que no vimos Para los auténticos costarricenses, el Estado no es feudo usurpable, sino vivencia cívicaMaureen Ballestero Vargas Diputada La gran fiesta democrática del traspaso de poderes nos ha acompañado por muchísimos años. Esta añeja tradición permite que renovemos los votos por la institucionalidad, muestra que somos una democracia madura, ejemplo para el mundo, y que tenemos la convicción de que es posible discrepar sin perder el respeto mutuo. En esta fiesta de cada 4 años, nos acompañan invitados de excepción, para ser testigos de honor en el desprendimiento del poder. Debemos recordar que, desde que don Pepe entregó la Presidencia a quien correspondía, después de salir victorioso de la Revolución de 1948, nuestra sociedad se ha habituado a que el Estado no es feudo usurpable, sino vivencia cívica. Es así como los comunicadores que cubren cada traspaso de poderes, con responsabilidad y respeto, recogen con gran objetividad los sucesos al anunciar la llegada de un renovado Gobierno. Sin embargo, con desilusión que nos ha golpeado profundamente, nos damos cuenta de que no todos creen en el respeto, la mesura y la prudencia en la cobertura noticiosa, y le dan un giro de nota de espectáculos, de crítica sin sentido, de comentario circense. Realidad y fantasía. El crítico Mauro Armiño, en el prólogo de una de las obras de Alejandro Casona, apuntaba que el autor utiliza "una mezcla de la realidad y la fantasía que, aunque parezcan oponerse de modo absoluto, logran una complementariedad que las engloba y que caracteriza sus piezas con la idealización del mundo y de los conflictos y tensiones del ser humano...". Y en Costa Rica se vive por desgracia esa mezcla pues, al referirse a una fiesta democrática como la que nos ocupa, no falta quien se separe del sentir general para criticar sin mucho sentido. Mientras a algunos nos gustaría hablar y escuchar mensajes de esperanza, de buenos deseos, de intención de arremangarse y poner manos a la obra por hacer, hay quienes, con un dejo de sátira mal plasmada y creyendo poseer un sarcasmo estudiado, menosprecian un acto como el del 8 de mayo, que se caracterizó por ser solemne, pero sobre todo sobrio y austero, como ameritan los tiempos que vivimos. Desde el título chocante de su columna, Aurelia Dobles hace un despliegue de doble sentido y agudeza (al menos así lo debe creer) y critica la actividad llevada a cabo en el Estadio Nacional, con una nota que, lejos de ser incisiva, no pasa de ser burda. Su alusión a que quienes nos encontrábamos en la tarima principal era por recibir la "papa en la mano", es sediciosa, de mal gusto e inapropiada. Lejos de excusar a quienes se han servido de la política, no es de damas, que era el concepto que tenía de la columnista, el atacar a quienes sacrificamos mucho para servir al país. Análisis cuidadoso. Efectivamente "con otros ojos", así fue como describió doña Aurelia, un acto que solo ella observó, pues todos los sectores han reconocido la necesidad de un análisis cuidadoso de la propuesta programática presentada por el nuevo Gobierno, de brindar un compás de espera y tolerancia a la administración Arias. Sin embargo, siempre hay quienes buscan el pelo en la sopa para no pagar la cuenta; hay quienes no abren el ropero de noche por miedo a sus propios demonios. Debemos aclarar, para goce de quien pudiera urgir con su pluma una explicación, que a ningún "zaguate" se le extendió invitación. Habríamos esperado un abordaje distinto del acto solemne, pero parece haber imperado la distracción en la columnista, quien no tenía nada mejor que hacer que seguir con la mirada al pobre animal. Se atribuye al poeta latino Décimo Junio Juvenal la frase: "Al pueblo, pan y circo."; menos mal que ya sabemos quien se ocupa del entretenimiento.
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