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En Guardia Jorge Guardia Quirós jguardia@nacion.com Pocos discursos inaugurales me han gustado tanto como el pronunciado por don Óscar Arias el 8 de mayo. Tiene fondo y forma (la combinación perfecta) y finas pinceladas de prosa poética. Fue escrito, sin dudar, para enamorar a la patria. Decir, por ejemplo, que la repetición del amanecer no desmerece el milagro de la luz (en el contexto de la rutinaria transmisión de poderes), o fustigar a políticos e intelectuales por su recalcitrante inclinación a leer el mundo en prosa y no en poesía, es suficiente para suscitar el interés de quienes, como yo, tienen una debilidad por el lenguaje. Pero no es mi intención abundar en alabanzas. Deseo, más bien, comentar dos frases de alto contenido polémico, ambas relacionadas con la reforma fiscal. La primera, que la creación de un sistema tributario adecuado y progresivo es vital para nuestro porvenir; la segunda, que los servicios prestados por la CCSS deberán ser sufragados por todos los costarricenses, para todos los costarricenses. Léase bien: por todos y para todos. Con la primera, enterró (sin honras fúnebres) las ingenuas pero bien intencionadas intenciones libertarias sobre el flat tax (tributo plano, como tortilla), expresadas en el acuerdo legislativo firmado por las (hermosas) jefas de fracción del PLN y ML (acuerdo con aroma de mujer). Evidentemente, una de las fragancias resultó más intensa y dominante. Era de esperar. Liberación tiene mucha escuela (y espuela) en el arte de negociar, redactar e incumplir pactos políticos. Arias, inspirado, quizás, en Tortilla Flat -la incisiva novela de John Steimbeck- declinó desayunar con tortillas. Prefiere que le sirvan tasas progresivas. Sobre las cargas sociales, la duda es si conviene extenderlas en la coyuntura actual. Si se acepta literalmente su propuesta, todos los costarricenses disfrutarían beneficios sociales conforme al principio de universalidad, y todos, sin excepción, cotizarían con base en el principio de solidaridad. El régimen de enfermedad y maternidad, por ejemplo, sería subsidiado (en parte) por quienes no trabajan, incluyendo solteros (y solterones), que no necesitamos para nada la maternidad. Todo contribuyente, asalariado o no, asumiría el deber de cotizar con base en su capacidad de pago. Y habría que reformar la ley para extender ese deber a quines perciben otras formas de ingreso, como intereses, dividendos y ganancias de capital (los ricos). Y, créanme, se sacudirían. Si don Óscar los exime, tendríamos forzosamente que concluir que nunca dijo lo que dijo. O se desdijo. O que, en momentos de inspiración, su maravillosa pluma poética lo llevó por los furtivos senderos del corazón, no de la razón.
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