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Un comienzo dudoso La presencia en su seno de cuatro países despóticos es motivo de preocupaciónQuienes creemos que las organizaciones multinacionales de derechos humanos deben ser vehículos eficaces, valientes e independientes para cumplir con su misión, no instrumentos de manipulación política de los Gobiernos, tenemos razón de sobra para estar preocupados por la composición del flamante Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Porque, para vergüenza de la organización, cuatro de los 47 miembros elegidos por la Asamblea General para integrarlo poseen tenebrosos antecedentes, políticas y prácticas en la materia: Arabia Saudita, China, Cuba y Túnez. La conclusión obvia es que su presencia en el seno de esta nueva agencia de la ONU estará encaminada a defender su posición, a entorpecer el escrutinio de las violaciones que cometen y a utilizar sus votos en ella como instrumento para obtener concesiones de otros países. La creación del Consejo fue parte de un ambicioso plan de reformas a las Naciones Unidas planteado el pasado año por su secretario general, Kofi Anan. Su iniciativa, que incluía una (fallida) reestructuración del Consejo de Seguridad, tuvo un avance insuficiente. Sin embargo, al menos se logró un acuerdo para eliminar a la desprestigiada Comisión de Derechos Humanos y sustituirla por el nuevo grupo. La idea original era que este tuviera una membrecía más compacta, que desarrollara un análisis sistemático y regular de los casos y países, y que fuera integrado, mediante mayoría calificada de la Asamblea General, por representantes de Estados respetuosos de la dignidad de sus ciudadanos.
Por desgracia, el número de miembros apenas pasó de 53 en la extinguida Comisión a 47 en el Consejo; se dispuso que la elección sería por mayoría simple, y la mayor cuota de representación (26 integrantes) se les otorgó a los países africanos y asiáticos, zonas en que existe un alto número de Gobiernos autoritarios o dictatoriales. Sin embargo, sí se dispuso que, a partir de ahora, se revise periódicamente el desempeño de todos los estados miembros de la ONU; que las reuniones sean más frecuentes, lo cual le permitirá tener mayor capacidad de reacción, y que los criterios de evaluación sean más sistemáticos. Es decir, se obtuvo un pequeño avance. La presencia de Arabia Saudita, China, Cuba y Túnez -además de otros países con un récord muy débil de respeto a los derechos individuales- no solo tiene un pésimo valor simbólico; podría, además, entorpecer mucho del pequeño avance logrado. Por esto, la clave estará, de ahora en adelante, en cómo actúen en su seno los demás países que componen el Consejo, sobre todo las democracias más maduras y responsables de Europa, Asia y Latinoamérica. Si utilizan, con vigor y compromiso, la pequeña ventana que abrió la reforma, es posible que logren ir ganando espacios en el seno del nuevo grupo, para avanzar en su desempeño. Si, en cambio, practican políticas débiles y se pliegan a posibles componendas, será muy difícil que se logren verdaderos avances. Por desgracia, la ONU es una organización esencialmente política, y es muy difícil avanzar con rapidez en iniciativas que sean vistas con preocupación por un número importante de sus miembros. Este ha sido el caso en la reforma del sistema de derechos humanos. Pero, si se le quiere ver desde una perspectiva positiva, al menos se ha comenzado a avanzar. La clave es continuar por ese camino y no ceder ante las presiones o el chantaje de los déspotas.
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