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Comentario del Evangelio: Sarmientos fieles y entregados Se nos pone hoy ante el conocido pasaje de la parábola de la vid y los sarmientos. Un texto, el de esta perícopa que comentamos, que se distancia de otros del Antiguo Testamento que abordando cuestiones semejantes ponen los énfasis en puntos diversos. A diferencia, por ejemplo, del esquema de Is 5, en el caso de Jn 15 el viñador es Dios Padre y la vid es Jesús, por tanto, no una planta humana que acabará fallando, sino una trasplantada del cielo, así y solo así ella no fallará. El fruto que se espera de la vid no es justicia y derecho como miramos en Isaías, sino amor al enviado del Padre y un fuerte ingrediente de amor fraternal y solidario entre los hermanos de la comunidad de sus seguidores. Ahora bien, la vitalidad de los sarmientos (cf Ps 80,12) depende totalmente de su unión con la vid y se traduce en frutos abundantes. Lo contrario es nefasto: nada de eficacia, sequedad y finalmente, quemar lo que no es más que basura. La consecuencia es clara en la praxis eclesial: sin una comunión absoluta con la vid-Jesús la vida creyente, individual y comunitaria, queda reducida a la esterilidad más plena. Es el fundamento de toda la doctrina acerca de la Iglesia en cuanto Cuerpo Místico de Cristo: todos sus miembros están íntimamente unidos con la Cabeza-Cristo y, en ella, unidos también los unos con los otros (cf I Co 12,12-26; Rm 12, 4s; Ef 4, 15s). De aquí entonces que no sea para nada optativo para la comunidad de los bautizados, misterio y sacramento de salvación, el mantenerse lejos o cerca de la vid, de su Cabeza. La Iglesia está impelida a buscar esa cercanía de comunión y fidelidad. La Iglesia toda ha de ser pues siempre fiel, en reforma continua de cara al Evangelio y dada a su propósito misionero. Benedicto XVI a raíz de las jornadas impactantes del primer aniversario de la marcha de Juan Pablo II a la casa del Padre, decía de su predecesor que dos palabras podían resumir su paso por este mundo y la herencia que nos dejó: "fidelidad y entrega". Dos pistas que nos son urgentes si no queremos desgajarnos de la vid y servir solo para una cosa: ser leña que han de quemar en medio del campo. Finalmente, no sobra recordar aquí cómo Juan Pablo II mostró siempre, en palabras del actual Papa, "una fe convencida, fuerte y auténtica, libre de miedos y compromisos, que ha contagiado el corazón de tantas gentes" (Vida Nueva 2514, 17). Es esto, exactamente, lo que hoy nos urge a todos. P. Mauricio Víquez Lizano.
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