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En vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Entre nosotros está un electricista, un obrero de los astilleros navales de Gdansk, un dirigente del sindicato Solidaridad que, con el papa Juan Pablo II, contribuyó a tumbar el imperio soviético, sin disparar un tiro, como Gandhi ante el imperio inglés o Pedro, 20 siglos antes, sin espada ni legiones, ante el imperio romano. La revolución de la palabra y del espíritu contra el terror y el odio. Nos visitan hombres y mujeres ilustres en estos días, con ocasión del traspaso de poderes y el fin de la pesadilla, mas Lech Walesa sobresale no por la fama que, al fin de cuentas, suele ser creación ajena, sino por haber conquistado un lugar en la historia de la humanidad en la lucha del bien contra el mal, de la verdad contra la mentira, de la paz contra la violencia, del amor contra el odio. En fin, de dentro afuera, el buen camino de la eficacia, como la huella que han dejado los grandes hombres y las grandes mujeres mujeres consagrados a derrotar lo inhumano por la vía de lo humano. La biografía de Lech Walesa explica el núcleo o, como en la mecánica, el punto de aplicación de las fuerzas para las grandes transformaciones. No hay en él fórmulas mágicas ni ideologías ni vastas organizaciones. Al principio, dice, creía en el destino; luego, más adulto, en su propia estrella, y más tarde, enriquecido por la experiencia, tuvo la revelación, gracias a la Iglesia Católica, de todo lo que significa y recubre la palabra fe. Con esta y su propio instinto orientó las decisiones de su existencia y logró evitar las peores catástrofes. Su filosofía se reduce a pocas palabras: hacer bien lo que se tiene que hacer, honradamente, explotando a plenitud los dones de que se dispone, sin renunciar, sin embargo, en la medida de lo posible, a las cosas buenas de la vida, pues solo se tiene una y vale la pena aprovecharla. Así, proclamó en agosto de 1890 el advenimiento de una época nueva en Polonia, sin derramar una sola gota de sangre, sin ideologías ni concepciones económicas o institucionales, sino siendo "simplemente él mismo". "Sin mis valores espirituales y religiosos, esto es, sin este orden interior, no hay -dice- convicciones posibles ni trabajo bien hecho. Con este equilibrio espiritual vencí el temor en todas sus formas". Es la misma lección -de dentro afuera- de Vaclav Havel y de otros egregios conductores, a cuyas fuentes deberían ir a abrevar algunos vocingleros y delirantes personajes nuestros y de América Latina, siempre contra vía y al revés, de fuera adentro. Nadie da lo que no tiene. Buen menú espiritual para este 8 de mayo del 2006.
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